Embestida salvaje

Sofía Beltrán

via: HiConsumption

“And though I’m no Olivier 

If he fought Sugar Ray

He would say that the thing ain’t the ring it’s the play

So give me a stage where this bull here can rage.”

I

La cámara retrocede, la cámara baja; la cámara parece ser otro boxeador en el ring que nos enseña Martin Scorsese en la última escena de pelea de su Raging Bull. Emerge en el centro de su toma, en un glorioso espectro de blancos y negros, Sugar Ray Robinson, el sanguíneo y radical último rival de Jake LaMotta.

(...)


 ...Los golpes caen la sangre y el sudor y la saliva los fluidos humanos tan humanos que se mezclan se esparcen se chorrean por entre el cuerpo de nuestro luchador y por el de la audiencia debajo caen también… hierve su piel y debajo hierve su sangre: su cara comienza a dar señales de los golpes y se convierte en un terreno fracturado y LaMotta no cede no cae aún cuando es ya pulpa de músculos y puré de facciones desplazadas… El knockout técnico decreta lo inevitable el gran Jake LaMotta ha sido vencido de una vez por todas pero él todavía no cede-sigue firme dentro de un ring más pequeño que cualquier otro en la misma película… Los espectadores se van los jueces el referí y Sugar Ray Robinson también... Los últimos 24 minutos de la película se van… y ahí permanece el Toro Salvaje firme necio con sus zapatos asegurando pies necios en el ring necio y hasta puede que aún siga ahí hoy...

(…)


II

Esto no es un manifiesto de amor al Jake LaMotta real ni al ficticio. No es una oda al boxeo como deporte y no es una glorificación obsoleta de la violencia de la película. 


III

Es simplemente una manifestación de amor por la sensación intensa, roja y caliente que corre a través de la obra maestra de Scorsese, y, de nuevo, no me refiero a los golpes físicos. 

(...) 


Esto no es más que un escrito pretencioso de una estudiante que cree poder sentir cine y cree que Scorsese quiso ir mucho más allá con esta película que no es una simple biografía… No habrá mucha justificación y puede que esté mal ante los ojos de muchos... Pero esto es a lo que uno se atiene cuando lee escritos pretenciosos de estudiantes que creen poder SENTIR cine, y no fingiré ser o s-e-n-t-i-r otra cosa... (...) No hay cómo ignorar el golpe la adrenalina el i m p u l s o que siente uno mientras ve al Toro Salvaje en el cuadrilátero del boxeo cuadrilátero-vida en fin el Toro en el pantano de los toros el enojo el ‘sentimiento’ puro transmitido como choques a través de la pantalla y dentro de los espectadores que son los golpes de la feroz naturaleza humana de nuestra psique conflictiva que no nos permite escapar de nosotros mismos aún cuando sentimos recorrer nuestras propias pieles en desesperación...

(...)


IV

Esa es, creo, la intención verdadera de Raging Bull. La historia que cuenta es de LaMotta, pero pudo haber sido cualquier otro boxeador, cualquier otro atleta, cualquier otro humano.


V

La cámara juega siempre dentro del ring como un tercer luchador, omnisciente, presente, oliendo el sudor y el olor a desesperación pura y un apetito animal por ser más y ser más.


VI

 No hay toro más salvaje que el miedo y el apetito de los humanos.


VII

 El sentimentalismo engañoso de los colores se deja atrás: leemos la película en blancos y negros y grises, leemos a nuestro personaje en blancos y negros y grises, somos blancos y negros y grises. Es la decadencia de la vivencia, es encontrar la energía y la vida pura del golpe del impacto, es olvidarse de puntos porque la magia está en el choque brutal y es una invitación abierta para encontrar el éxtasis de este, en vez de la angustia, en vez de la esquivada. Es la embestida misma. 



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