El naufragio de la paternidad

Jorge Luis Gonzalez


Pintura de John William Waterhouse


Quizá lo que pueda extraerse de la siguiente reflexión sea suficiente para disculpar el anacronismo, además de que la modernidad permite la ruptura a partir de la resurrección.


Sobre el tema que nos ocupa el día de hoy, Massimo Recalcatti escribió El complejo de Telémaco, libro centrado en el deseo de orden, de guía y de herencia por parte de los hijos hacia los padres, oponiéndose así al complejo de Edipo.


Pero lejos de una preocupación por los hijos –quienes hemos sido todos– es necesario centrar la atención en los padres –quienes cada vez son menos–. Odiseo vuelve la mirada hacia Ítaca, pero en su corazón una duda comienza a encenderse tras diez años de oscura lucha en Ilión.


El divino Odiseo era alabado por su ingenio: sus hazañas traspasaban el entorno bélico y lograban instalarse en el ámbito intelectual. Aquel ingenio lograba embelesar a los mismos dioses. ¿Cuál fue entonces la verdadera tragedia de Odiseo?


En todo viaje nace una tristeza: la del abandono. Cualquiera que sea la dirección –la de partir o la de retorno– uno abandona un tiempo y se instala en otro. La continuidad se ve truncada por una promesa que habremos de abandonar más tarde.


Odiseo partió y con él se llevó la promesa de retorno, pero dentro de ella se gestaba una tristeza que atrasaría su regreso. Era necesario que Homero se valiera de los dioses para ejecutar con fuerza la épica, para impulsar aquel destino donde se desprende la enseñanza.


Pero en nuestra época ocurre que los ojos son arrojados violentamente hacia las cosas, y donde antes veíamos la luz plena ahora vemos la sombra de la sombra.


De esta manera podemos conjeturar sobre el destino de Odiseo. Quizá Odiseo, presintiendo a Hamlet, se detuvo al borde del mar, en aquellas lejanas playas, y pensó: “y después de esto ¿qué sigue?, ¿habrá la posibilidad de no ser?”. La promesa comenzaba a difuminarse con las olas y aquel pensamiento, a la par de Penélope, tejía dentro de él nuevos destinos.


Sospechamos entonces que en ese momento Odiseo vislumbró su propia epopeya y oscuramente dilató su regreso. Para esto, habría tenido que cometer dos acciones viles: engañar a los dioses y engañarse a sí mismo.


Respecto a los dioses griegos, no sería sorpresivo que resultaran engañados por el más ingenioso de los seres humanos, pues sus ardientes pasiones los extraviaron demasiadas veces. En cuanto al propio engaño, hubiera resultado indigno de no haberse concretado con la mayor entereza.


Para cualquiera de nosotros, todo engaño resulta parcial, pues la razón se inmiscuye como juez y alumbra necesariamente la artificialidad de cualquier deseo, pero para el más ingenioso de los seres humanos resulta un acto verdaderamente divino.


Odiseo disfrazó su dilación en la cólera de los dioses, en las frecuentes insensateces de sus compañeros y, sobre todo, en el azaroso mar. Ejecutó de tal forma su plan que ni él mismo sospechaba de su engaño. No podía volver a Ítaca porque ya era otro, porque no habría de reconocer en verdad a Telémaco ni a Penélope, porque ante el mar sintió la verdad del tiempo, porque al volver sólo habría de encontrar una vida destinada al olvido.


Su responsabilidad como padre y esposo resultaba aún más pesada que su responsabilidad como héroe. Si regresó en verdad a Ítaca fue por un mal cálculo en su plan maestro o porque fue lo más que pudo retardar su regreso; pero él no podía advertirlo ya, pues el engaño se había consumado dentro de sí mismo, e ignoraba el deseo primigenio de libertad que le había sido revelado por aquel tiempo, lejos de su tierra natal.


Pero el juicio no debería ser tan severo para nuestro héroe, más bien deberíamos advertir la insuficiencia y la rigidez que ya desde entonces ofrecía la estructura familiar.


La actualidad no está lejos de los padecimientos de Odiseo: el gran mar de información es donde nos extraviamos, dilatando así cualquier posibilidad de retorno, pero ¿hacia dónde? Ahí estriba la cuestión fundamental.



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