¿El fin de la humanidad?



A nadie se le escapa en pleno siglo XXI que nos encontramos sumergidos en una gravísima crisis ambiental como consecuencia del deterioro de nuestro planeta y del agotamiento de los recursos naturales.


Platicando con amigos y colegas, siempre surge la pregunta por el momento en que los seres humanos comenzamos a tirar todo por la borda. Aquí mi respuesta:


El ser humano se caracteriza por adaptar el medio ambiente a sus condiciones y no al revés, como hacen las bestias. Es decir, mientras el resto de los animales se acoplan a su entorno, los hombres y las mujeres intentamos transformarlo para nuestro beneficio. Lo cual no está mal del todo.


Históricamente, el mundo ha padecido cambios climáticos, sequías, desastres naturales, entre otros. Nosotros no somos el causante exclusivo de dichas cuestiones. Sin embargo, sí fungimos como, utilizando términos químicos, catalizadores. Pero ¿desde cuándo exactamente? Una palabra: industrialización. Un tiempo: siglos XVIII-XIX. Un lugar: Europa, concretamente, Inglaterra. He ahí la respuesta.


Hasta el siglo XVIII, los seres humanos se habían caracterizado por explotar su entorno de forma “controlada”; no por mérito propio, sino porque no había forma de explotarlo todavía más. Por ejemplo, los teotihuacanos se encargaron de talar en exceso toda la zona circundante hasta volver esas tierras desérticas, pero el resto de la región podía mantenerse a flote. Por más que un grupo abusara de los recursos naturales, el consumo de dichos recursos tenía un límite circunscrito a la velocidad de la mano de obra y al número de habitantes.


Cuando en Inglaterra se dieron las circunstancias para el desarrollo industrial, la cosa cambió radicalmente. Las fuerzas productivas se incrementaron exponencialmente ya que, con el uso de una máquina de hierro impulsada por el vapor generado por la combustión del carbón, se igualaba la fuerza de cientos de caballos y la rapidez de decenas de manos humanas.


¡La explotación, producción y consumo de las materias primas se aceleraron como nunca! Lo que una casa de artesanos hacía en toda una jornada laboral, una máquina con tiraje de producción sistematizada lo igualaba, proporcionalmente, en apenas minutos. Aquí entra el círculo vicioso en el que seguimos inmersos hoy en día: al haber tantísimos productos, los precios bajan: más gente compra y, por ende, se requiere aumentar la producción… y así sucesivamente.


Desenfreno.


Progresivamente numerosos países se fueron sumando a la tendencia. Al poder producir tantos productos y tan rápido, la calidad de vida de las personas promedio aumentó notablemente, pero también apareció otro problema: la sobrepoblación.


Históricamente, el volumen de población humana se había mantenido en cifras “estables” porque, en algún momento, la cantidad de alimentos disponibles, las catástrofes naturales o epidémicas y otros factores se encargaban de limitar dicho crecimiento. Sin embargo, con el aumento desmedido de los productos agrícolas y otras facilidades que habían sido lujos siglos atrás, incluyendo los avances en medicina, la esperanza de vida y el número de nacimientos se incrementaron sin freno alguno. Por lo tanto, la espiral ya descrita acerca del círculo vicioso industrial creció aún más: todavía más gente que consume las manufacturas.


Y es que hay que tener muy claro lo siguiente: por un lado, la Revolución Industrial representó un paso enorme puesto que miles de seres humanos pudieron aspirar a productos antes inaccesibles para la gran mayoría… a cambio de… ¡colapsar al mundo! Ya que, por el otro lado, esos límites histórico-naturales que había tenido la humanidad con respecto a su entorno se desdibujaron.


Desde el siglo XVIII a la actualidad tenemos a nuestro alcance acabar con el mundo si queremos. Y, aunque no queramos, pareciera que la frenética espiral industrial en la que nos hemos metido no tiene escape. A ello le sumamos la dinámica consumista del mundo posmoderno: la liquidez, que identifica Zygmunt Bauman, lleva a que las cosas carezcan de un principio de permanencia. Es como si todo fuera efímero en el mismo momento de ser novedad.


¿Cómo se podría solucionar la crisis ambiental? Renunciar a la industrialización sería de mucha ayuda. Ahora, ¿es esto posible? Ya te digo que no. Qué irónico que los seres humanos, en nuestra búsqueda por asegurar la supervivencia, hemos creado las armas de nuestra propia destrucción. Ja, ja, ja.


Pregúntale a Apple cómo es capaz de retirar los cargadores de los teléfonos que venden para “ayudar al medio ambiente”, pero, en cambio, no es capaz de dejar de fabricar año con año sus dispositivos… la espiral nos ha consumido. Sencillamente, la abrumadora carrera que representa el mundo contemporáneo nos obliga a nunca detenernos.


Thomas Malthus argumentaba, ante el panorama desmedido de la Revolución Industrial, que el crecimiento geométrico de la población rebasaría al crecimiento aritmético de los recursos alimenticios, trayendo consigo una nueva disminución del número de individuos en el mundo. Como si hubiera un techo de cristal. Y sí lo hay, pero no está en lo que pensaba Malthus porque los hombres y las mujeres siempre encontraremos la forma de sobrepasar los límites. Más bien, el techo está en lo que pueda resistir nuestra casa: ¿cuánto más le queda al planeta Tierra antes de volverse inhabitable? Ahí, Malthus, se cumplirá tu predicción.



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