El espacio del lenguaje o el lenguaje y su espacio o lo que hizo José Lezama Lima con el lenguaje

Diegardo Corgóngora



Querer entender la obra del cubano José Lezama Lima sería esforzarse de manera hercúlea por adentrarse, de lleno y de perdido, tanto al lenguaje y a sus posibilidades como a la bastedad de la simbología y la cultura del mundo. Porque el mundo cupo, si no es que todo sí una gran parte, dentro de la producción literaria del habanero. Su insomnio y su asma fueron los detonadores de su hambre voraz por la noche y la humedad de los libros, la comida, los puros, desembocando ver el mundo desde un solo punto específico, Cuba.


La obra de Lezama Lima, realmente, no es vasta; tres tomos bien pueden bastar para abarcar su producción. Sin embargo, es infinita: son dos espejos viéndose con asombro y curiosidad.


Es casi imposible darles una sola lectura a sus textos, es pedantemente idiota pensar que se entenderá Paradiso con éxito y sin dudas, o que en verdad estamos leyendo cuando leemos su poesía o textos ensayísticos. Porque su verba y la disnea que siempre lo distrajo de la lengua fue la que propició su legado y su habla, llena de todo pero jamás abarcable.


La obra de Lezama Lima, él mismo, siempre aluda y busca la fuga: del sentido, de la trama, de la narración, de la poesía. El género literario es algo desechable y un extra en sus textos, jamás definidos siempre es escape.


Así es y así se verá en su por ahora llamada poesía. Fragmentos a su imán es de los mejores casos para ilustrar el hecho de que Lezama nos demuestra que el lenguaje no necesita del sentido, que el sentido es un regalo y un peso al lector y al lenguaje. En este poemario, Lezama Lima nos presenta pedazos de cosas, de una lengua y un lenguaje infinito en su diacronía, pedazos de nuestro entendimiento, que creemos tenerlo y usarlo en la lectura, que va juntando poco a poco, sin pretender alguna meta mas que la experiencia de las palabras y de la referencia. Ya que...


“No importa la reducción entre el índice y el pulgar que se mueve como un azogue casi dormido”.


En su ensayística casi sucede lo mismo, solo que el mundo y sus cosas tiene ahora una referencia fija, pero la forma en que son tratados no es la característica de la academia cerrada y a veces infértil. El mundo, la literatura, el espacio, Cuba, se trata desde la imagen, la poesía y el pensamiento. Podríamos decir que la imagen, la de figuras literarias, políticas e históricos, fungen en el pensamiento de Lezama Lima como ideas. Que su pensamiento va tejiendo juguetonamente en la trama y urdimbre del mundo, de la historia. El ejemplo más notable es La expresión americana de 1957, donde la historia, la política y la literatura, en su edad imaginaria, fungen como inventoras de lo que hoy es América Latina.


Y bueno pues, no nos podemos olvidar de Paradiso. Esta obra se puede leer desde innumerables puntos de vista: lo cómico, lo teológico, desde la herencia de la antigua griega, desde la poesía, la ruptura y pausa de la narración, desde la imagen. Sabemos que hay una trama, que es una historia familiar, pero el discurso del libro no sigue “una” trama. Ni sigue “un” discurso. Ni se conforma con solo narrarnos. En Paradiso, la imagen reina, es el punto de partida de todo el libro y es a donde se dirige, parecido a como Nicolás de Cusa aclama la presencia y morada de Dios: como la imagen de todas las imágenes, el punto donde la vista es todas las vistas y donde se ve Dios a sí mismo.


La obra de Lezama Lima nos presenta una vasta cantidad de cosas: crítica cultural y literaria, a un lector voraz, una fe católica pagana, una mirada que quiso abarcarlas o tratarlas todas. Pero la más importante es el hecho de que nos trajo frente a nuestros ojos el espacio del lenguaje. Un espacio donde es visible el mundo, que primero es texto, palabra, y después mundo.


Toda la obra de Lezama fue concebida en ese espacio, donde la palabra verdaderamente crea a pesar de ser perdida y efímera estancia en el mundo. En viaje por las cosas del mundo y por el lenguaje, toda “desgreñada, parecía una azafata que, con un garzón en los brazos iba retrocediendo pieza tras pieza en la quema de un castillo, cumpliendo las órdenes de sus señores en huida”.

Y es un pedote porque, de verdad, con Lezama Lima entenderemos que dios es la sierpe que se desliza libremente por las rendijas del lenguaje agujerado.


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