El dildo es la muerte de dios: historia y potencialidades del vibrador

Simha Harari Cheja



La invención del dildo supone el final del pene como origen de la diferencia sexual. Si el pene es a la sexualidad lo que dios es a la naturaleza, el dildo hace efectiva, en el dominio de la relación sexual, la muerte de dios anunciada por Nietzsche.
-- Paul B. Preciado, El manifiesto contrasexual

En The technology of orgasm, Rachel Maines afirma que el vibrador no siempre fue un aparato para el uso recreativo. En sus inicios, era un instrumento médico que se utilizaba para tratar la histeria, y, de hecho, evolucionó de otras tecnologías que habían existido desde la Antigüedad para llevar a cabo “el trabajo que nadie quería hacer” (Maines, 1999, pp. 1-4).


Figuras como Galeno e Hipócrates ya se habían encontrado con que estimular los genitales hasta el orgasmo era una cura viable para la histeria. Pero la masturbación femenina se consideraba algo sucio e impuro, y el modelo androcéntrico y reproductivo —que reducía la sexualidad a la penetración— no solía satisfacer a las mujeres regularmente. Así que el vibrador, según Rachel Maines, surgió como un suplemento para algo que los médicos y las parteras llevaban haciendo de forma manual durante mucho tiempo (1999).

Por más que mi vibrador y yo quisiéramos que esta hipótesis fuera verídica, la realidad es que el vibrador no se inventó como un modo de tratamiento para la histeria. Su orígen es, desgraciadamente, mucho más aburrido. Un médico inglés, llamado Joseph Mortimer Granville, lo diseñó en 1883 para tratar dolores de cabeza, irritabilidad y problemas estomacales, pero en los hombres (Bell, 2021).


Al parecer, el vibrador nunca se usó en las mujeres como un tratamiento médico. Ni siquiera estuvo disponible para ellas hasta 1900, cuando lxs productorxs comenzaron a venderlo como un electrodoméstico, capaz de mejorar la salud y el estilo de vida de cualquier persona. Y para ese punto no lo anunciaban explícitamente como un juguete sexual; eso se empezó a hacer durante la década de 1970 (Bell, 2021).


Aunque varixs autorxs sostienen que The Technology of Orgasm salió a luz por una serie de fracasos en la revisión académica, a mí me sigue pareciendo un texto fascinante (Lieberman y Schatzberg, 2018). Es cierto que no funciona como un rastreo histórico “fiel a la realidad”, pero Rachel Maines apunta a otras cosas interesantes tanto de la práctica médica como del modelo hegemónico de la sexualidad. Y por eso la pongo como excusa inicial para hablar sobre las potencialidades del vibrador.


Paul Preciado, en su Manifiesto contra-sexual, plantea las siguientes preguntas: “¿Qué es un dildo: un objeto, un órgano, un fetiche…? [...] Cuando forma parte de ciertas prácticas lesbianas butch-fem, ¿debe interpretarse como una reminiscencia del orden patriarcal? ¿Acaso es el dildo el síntoma de una construcción falocéntrica del sexo?” (2002, p. 57).


Voy a anticipar su primera conclusión: el dildo no es una copia o una reminiscencia del pene. No es lo que las lesbianas usan para suplir su “carencia”; ni lo que las mujeres poseemos para saciar nuestra “envidia del pene”. Es algo que, como mínimo, permite desnaturalizar y des-romantizar lo que Rachal Maines llama el modelo androcéntrico de la sexualidad (1999, p. 5).


Para seguir con el análisis, hay que decir que el dildo y el vibrador no son equivalentes, pero sí son “variaciones sintácticas” de lo mismo: en esencia, tecnologías productoras de placer. Evitaré las discusiones sobre sus diferencias estructurales, y se verá por qué en un momento.


Paul Preciado no se conforma con argumentar que el dildo no es una copia del pene, sino que declara (como se lee en el epígrafe) que “hace efectiva, en el dominio de la relación sexual, la muerte de dios anunciada por Nietzsche” (2002, p. 64). ¿Quién es dios en esta afirmación? ¿Qué significa que el pene sea el origen de la diferencia sexual, y por qué el dildo supone su final?


Para serle fiel al texto, quiero revisar brevemente el argumento nietzscheano de la Muerte de Dios, porque creo que se ha sobresimplificado en las interpretaciones más populares.


Cuando Nietzche pronuncia que “¡Dios ha muerto!”, el postulado viene acompañado de un “¡Y nosotros lo hemos matado!” (2001, p. 219). Lo último me parece más interesante que lo primero: ¿cómo interpretar la afirmación de que nosotrxs hemos matado a dios?


En un pasaje anterior, Nietzche explica que encaramos el mundo asumiendo continuidades; buscando el “centro” de una existencia que no entendemos de otro modo. “Nosotros hemos construido un mundo a medida en el que podemos vivir— suponiendo cuerpos, líneas, superficies, causas y efectos, movimiento y reposo, forma y contenido. ¡Nadie podría ahora vivir sin estos artículos de fe! Más no por ello quedan más justificados” (2001, p. 214)


Con esto, Nietzsche pretende vislumbrar que los conceptos que proyectamos sobre el mundo son construidos. Y, por lo tanto, su justificación depende de una especie de pacto de olvido con nosotrxs mismxs. Es decir, podemos seguir creyendo en dichos fundamentos siempre y cuando olvidemos que nosotrxs fuimos, en algún momento, sus constructorxs. La muerte de dios es el desentierro de este olvido. Matarlo implica recordar que si el universo tiene un centro es porque nosotrxs lo pusimos allí.


Mi interpretación de este asesinato (no muerte) de dios tiene que ver con el colapso del orden, supuestamente natural, que le damos a las cosas. Para mí, esto implica saber que todo Concepto con mayúscula —el Bien, la Verdad, el Sujeto Humano— tiene una historia. Una genealogía, si me permiten. Y esto es mucho más amplio que el fin de la fe religiosa (de hecho, me parece que es posible matar a dios en este segundo sentido sin dejar de ser creyente).


A esto mismo se refiere Preciado cuando habla del dildo como la muerte de dios. También hemos proyectado un orden “natural” en el dominio de la relación sexual, y hemos hecho del pene su centro. Rachel Maines lo pone en estos términos: “La definición androcéntrica del sexo como una actividad reconoce tres pasos esenciales: la preparación para la penetración (o el “foreplay”), la penetración y el orgasmo masculino” (1999, p. 5).

Yo creo que Maines todavía mantiene un poco de la timidez conceptual que le falta a Preciado, y por eso habla del “modelo androcéntrico” en lugar del “modelo centrado en el pene”. El dildo es la muerte de dios porque lleva a cabo “una operación de desplazamiento del supuesto centro orgánico de producción sexual hacia un lugar externo al cuerpo” (Preciado, 2002, p. 63). Es decir, el dildo le quita al pene su carácter de “fundamento” de la relación sexual.


La muerte de dios implica la muerte de todo concepto absoluto. De la misma manera, la muerte del pene implica la muerte de todos los conceptos que ordenan la relación sexual: la oposición entre pasividad y actividad, el concepto de “zonas erógenas”, la idea del orgasmo como fin o “clímax”, e incluso la noción de la virginidad.


Todo esto es parte de lo que explica Nietzsche: encaramos al mundo asumiendo continuidades. Volvemos el mismo orden que proyectamos sobre las cosas a nuestro propio cuerpo (porque además experimentamos nuestro propio cuerpo como una “cosa”). Y eso habilita, pero también limita nuestra experiencia. Si algo nos enseña el dildo es que podemos cuestionar estos conceptos:


“El dildo desvía al sexo de su origen «auténtico» porque es ajeno al órgano que supuestamente imita. Extraño a la naturaleza, y producto de la tecnología, se comporta como una máquina que no puede representar la naturaleza sino a riesgo de transformarla” (Preciado, 2002, p. 66).


Si el pene ha muerto, no tenemos que fijar roles según el género durante un encuentro sexual, y “ser pasivx” puede ser una forma de “ser activx”. Después de todo, permitirte el placer también es una actividad.


Si el pene ha muerto, podemos dejar de limitar el erotismo a los genitales; hay “zonas erógenas” en todo el cuerpo. (Incluso podemos sacar al erotismo del espacio de la sexualidad. Yo, por ejemplo, considero que tengo por lo menos un orgasmo intelectual a la semana).


Si el pene ha muerto, no tenemos que centrar la relación sexual en el orgasmo. O en la eyaculación, para ser más específica. Y también podemos deshacernos de la idea de que “ser penetradxs” cambia de algún modo nuestro estatus ontológico. Más aún, podemos eliminar por completo la noción “metafísica” de la penetración como algo distinto al resto de las prácticas sexuales.


Paul Preciado fue uno de mis primeros acercamientos a la teoría queer, y hasta la fecha tengo un cariño especial por sus textos. Con él aprendí dos cosas importantes. Primero, que los argumentos no son entidades abstractas flotando en el mundo de las ideas, sino que siempre se encarnan.


La escritura de Preciado demuestra que el pensamiento despojado de todo elemento corpóreo o vivencial no existe. En sus textos no vemos la vieja pretensión de hablar desde ningún lugar (a view from nowhere). Al contrario, sabemos que cada enunciado está explícitamente informado por su perspectiva particular, situada, del mundo. Con Preciado apareció un nuevo registro en mi horizonte: uno donde lo ínfimo-íntimo también podía ser político.


Lo segundo que aprendí de él es que se puede ser irreverente sin perder los matices. La rebeldía y la riqueza conceptual no son para nada incompatibles. Así que este artículo es una invitación a la irreverencia matizada; a valorar el devenir dildológico de todo lo que hacemos, frente a la seriedad fija y monumental —”fálica”— que aparentan tener las cosas.



Fuentes:

—Lieberman, H. y Shatzberg, E. (2018). A Failure of Academic Quality Control: The Technology of Orgasm. Journal of positive sexuality, 4(2), 24-47. http://journalofpositivesexuality.org/wp-content/uploads/2018/08/Failure-of-Academic-Quality-Control-Technology-of-Orgasm-Lieberman-Schatzberg.pdf

—Maines, R. P. (1999). The Technology of Orgasm: “Hysteria”, the Vibrator, and Women´s Sexual Satisfaction. The John Hopkins University Press.

—Nietzsche, F. (2001). La ciencia jovial [La gaya scienza]. Colofón/Biblioteca Nueva

—Preciado, P. B. (2002). Manifiesto contra-sexual. Editorial Ópera Prima

—Bell, J. (5 de diciembre de 2021). A short history of the vibrator. Hello Clue. https://helloclue.com/articles/culture/a-short-history-of-the-vibrator







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