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El borrado de la ciudad

Actualizado: 13 mar


Artículo


Se observa un recuardo encapsulando la siguiente descripción en zona MACO 2023: ‘Rótulos y resistencia: artistx _______ hace una reflexión sobre la importancia de los rótulos como parte de la identidad de la ciudad en este ejercicio artístico que nos invita a sumergirnos en estas coloridas expresiones particularmente mexicanas’. Los elementos de esa exposición seguramente se venden por miles de dólares: el dinero beneficiará a algún u otro artista, probablemente blanco, probablemente de una clase social alta. La crítica exalta la mirada retadora y analítica sobre el 'arte urbano', felicita el ingenio del artista al tener la creatividad de exponer ese tipo de elementos como 'arte de verdad'.


La semana pasada la alcaldesa de la colonia Cuauhtémoc, Sandra Cuevas, ordenó que se pintara sobre todos los rótulos callejeros que empañaran la visión artística de la ciudad que tiene su administración. La base de la decisión consta en señalar que no son expresiones artísticas, sino sólo ‘usos y costumbres’, y removerlos es realmente un acto de limpieza. Podemos asumir que dentro de esta lógica los usos y costumbres de una persona no tienen nada que ver con su expresión y deben ser tomados como ámbitos diferentes.


Más allá de ver con mirada crítica esta decisión y distinción que se hace entre el arte que sí pertenece al ámbito de lo que es digno, reconocible, remunerable y admirado, debemos hacernos otra pregunta: ¿cuál es la necesidad de leer los rótulos como arte para que podamos calificar como lamentable (que lo es) la decisión de eliminarlos? El rotulismo, en palabras de las personas que lo practican*, es un oficio, específicamente uno que se pasa de generación en generación y que cumple la función específica de dar a conocer un negocio. Eso en sí ya es un propósito válido para que se le respete como práctica: no necesita ser arte.


La distinción importante aquí radica justo en lo que consideramos maneras merecedoras y dignas de hacer publicidad: es aquí donde las discusiones acerca del evidente clasismo de esta decisión entran, porque es evidente que el diseño gráfico sigue siendo uno de los pilares claves del capitalismo: una visita al instagram de cualquier restaurante o tienda nos puede dejar en claro. Sin embargo, para las personas que ocupan cargos de servicio público en nuestro país, por lo menos en este caso, hay una diferencia entre los rótulos y un diseño de Canva, diferencias que claramente tienen que ver con nociones preestablecidas de lo ‘formal’ y lo ‘fino’.


El diálogo que se ha llevado en los días después de este evento es necesario, pero más que querer rescatar los rótulos por su ‘folklor’ o el valor estético/nostálgico que pueden evocar, hay que recordar que cumplen una función para muchísimos negocios locales. Función que, cabe mencionar, no tiene que ver exclusivamente con el diseño necesariamente más bonito. No leemos un rótulo de la misma manera que leemos el letrero de un negocio: los rótulos incluyen una imagen normalmente autodescriptiva de lo que trata el negocio, misma que llama inmediatamente la atención y que permite atraer a todo tipo de público de manera más eficiente. Vemos de manera inmediata el producto o el servicio que el negocio con el rútlo intenta proveer y esto ha significado un método popular entre los negocios porque funciona. Remover esta posibilidad es descalificar en primer lugar un oficio y en segundo lugar un derecho de publicidad y promoción que cualquier negocio merece.


La eliminación de los rótulos indudablemente significa una discusión acerca de los sesgos que existen en la mirada de las personas que se supone que están al servicio de nuestra comunidad. Sin embargo, debemos tener cuidado en cuanto al poder que le damos a la discusión académica de la estética y el arte, más cuando la ponemos por encima de la dignidad de todo tipo de trabajadores y negocios que habitan en este país. Preguntémonos cómo la glorificación dentro de contextos artísticos como galerías y exposiciones de elementos que para otras personas significan su vida y su sustento nos hace querer rescatar dichos elementos porque significan algo dentro de nuestro contexto estético y no porque simplemente son elementos de una realidad que ya es digna por sí misma. Es por esto el título de este artículo: sí hay un borrado de ciudad, pero no la ciudad en términos de los diseños bonitos que subimos a stories de instagram sino el borrado de un oficio completo, una habilidad cultivada por muchas personas y que representa una porción importante de su labor y su negocio y su vida. El reconocimiento de lo ajeno por lo que es, y no por lo que nos deja: un posible (y tal vez mejor) lugar para generar conversaciones.




Para saber un poco más:






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