El 'big three' y la literatura



* Nota: Estas ideas pueden servir como metáfora para cuestiones sociales; sin embargo, la lógica de este texto funciona solamente dentro de las dinámicas del circuito tenístico.


Nunca he podido evitar pensar en la relación que puede haber entre un tenista y un escritor. Tal vez la mayor semejanza sea la soledad con la que ejercen una técnica; una soledad, digámoslo así, dependiente y observada: que se nutre de, y nutre a, algo exterior (el circuito tenístico o la producción editorial de una época, y todo lo que implican esos medios).


A veces, cuando veo jugar a Djokovic o a Federer o a Nadal, los imagino con rostros de poetas que escriben versos con un saque, slice o revés en la hoja de la cancha.


En las figuras de Federer y Nadal, además de compartir la soledad en su profesión, hay también roces con la literatura en la idea del héroe literario. Existen diversas definiciones e ideas de esta figura, pero no es mi intención entrar a esta discusión teórica. Me interesa, para los fines de este texto, recuperar lo que es tal vez su definición más clásica: el héroe es quien representa los valores y hazañas más altos de una sociedad: es la cristalización de esos ideales en una persona.


Ulises, el héroe de La Odisea, por ejemplo, es un rey capaz de atravesar diferentes obstáculos para regresar a gobernar su tierra. Un representante moral (el rey) capaz (el más capaz) de vencer todos los obstáculos que se le atraviesan.


Me parece que la definición que estoy usando sigue vigente en algunas facetas de nuestra sociedad: seguimos necesitando de figuras ideales, de representantes morales.


Federer y Nadal, con la proporción de su alcance, cumplen la función que cumplió Ulises en su contexto: estos tenistas son tan queridos porque en ellos se cristaliza la moral ideal y hegemónica de nuestra sociedad, además de la admiración que provocan (como Ulises) por vencer prácticamente siempre a todos sus rivales (los obstáculos).


Los valores del esfuerzo, la humildad, la corrección política, etc., son el marco que los encuadra. El héroe establece la moral pero al mismo tiempo la reproduce: está encarcelada en ella. Toda la identidad deportiva y personal de Federer y Nadal se derrumbaría si se salieran de este marco (¿quién sería Ulises sin su condición de héroe?). Este es el motivo de su éxito pero también de su límite: el guion está marcado; no hay por qué salirse del camino del orden.


La llegada de Djokovic vino a interrumpir este orden, a amenazar la hegemonía. Djokovic es el menos querido del big three por el hecho de que no representa al orden moral establecido. Y es menos querido todavía no solo porque no representa la hegemonía, sino porque la supera y por lo mismo hace que se tambaleé.


Federer y Nadal son más fáciles de querer porque nos reafirman, mientras que Djokovic hace que nos cuestionemos (porque cuestiona al orden bajo el cual vivimos moralmente).


El rechazo, rencor o repele que produce en los fans no es por sus acciones (si realmente analizamos su figura, el enojo de la gente no es proporcional a sus acciones: hay, más bien, una fibra escondida que toca), sino por la posibilidad de derrumbar una costumbre, de implantar otra forma de hacer las cosas: es un hombre cualquiera que en la batalla está superando al héroe.

Djokovic enfrenta una situación diferente a la del suizo y el español, porque por un lado no está encarcelado en el orden establecido, pero por el otro no tiene guion: la posibilidad de su camino está abierta.


La gran virtud de Djokovic ha sido la valentía de formar un camino propio. Ha superado el vértigo del horizonte no explorado y ha ido, con éxitos y fracasos, construyendo un sendero nuevo. Más que entrenar con mayor intensidad que Nadal y Federer, lo ha hecho de manera más inteligente… o al menos diferente: no es el esfuerzo, sino la diferencia lo que los ha superado.


Federer y Nadal, por más esfuerzo que inviertan, chocan con un límite: repiten una fórmula moral (la moral trasciende a sus modos de entrenamiento). Federer, por ejemplo, nunca se ha retirado de un partido estando dentro de la cancha; o Nadal, por ejemplo, nunca se cuestionaría que en cada segundo de entrenamiento se tiene que invertir un esfuerzo sobrehumano. No niego que estas formas de ser sean admirables: todo lo contrario; sin embargo, lo relevante aquí es que, además de ser admirables, están también encerradas en esas obligaciones. Aquí se ejemplifica cómo el héroe establece pero también reproduce una moral.


Djokovic se hizo preguntas de este tipo y así abrió caminos para llegar a sus objetivos. Por ejemplo, en el 2011 cambió su alimentación radicalmente, volviéndose vegano, o empezó a trabajar con un guía espiritual, o cambió la concepción de su cuerpo como una interconexión en la que cada elemento afecta al otro, etc. Estas formas de entrenar fueron, digamos, innovaciones, en el sentido de que no estaban inmersas en la costumbre de lo que estaba aceptado como modos de entrenamiento correctos.


El punto no es contraponer qué forma de entrenamiento es la mejor. Lo interesante es analizar cómo Djokovic irrumpió en las costumbres y las revolucionó. Y sólo alguien que no está en la hegemonía de su contexto (ningún héroe podría hacer esto) puede transformar un orden y abrir puertas y alcances nuevos.


Cada vez que Nadal y Federer ganan con la actitud impecable, perfecta, que tienen, están reproduciendo un orden moral. Cada vez que Djokovic gana está amenazando ese orden, y está, al mismo tiempo, abriendo la posibilidad de uno nuevo. En esta libertad de poder no repetir fórmulas, ha innovado las formas de entrenamiento, de alimentación, de técnica… ha llevado el tenis a otro nivel.


No importa quién sea el mejor de los tres. El big three funciona como metáfora del orden social y la necesidad de cuestionarlo y superarlo (¿no es al cambio a lo que aspira la política?).


Muchos dicen que los temas a lo largo de la historia de la literatura han sido siempre los mismos. Lo que cambia son las formas en las que se enuncian esos temas. Cada tanto hay un cambio de paradigma que revoluciona las formas literarias y abre puertas para nuevas posibilidades formales. No importa qué se dice, sino cómo.


Djokovic ha sido un cambio de paradigma. Y es eso lo que incomoda, pero es también manantial de transformación.



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