El arte será resistencia o no será

Alejandro Scopelli



Nos da miedo decirlo, por las muchas consideraciones que hay que tener cuando se emite este juicio, pero definitivamente hay arte al que podemos llamar malo. No me refiero al carácter moral per se de la pieza (aunque es verdaderamente sorprendente lo frecuente que la mala conciencia y la mala calidad coinciden), me refiero a que una pieza artística tiene la posibilidad de ser mediocre en tanto que pieza artística.


El propósito de este texto es mostrar que la producción artística es intrínsecamente una actividad de resistencia, y el texto de Benjamin trata el tema de cómo el arte puede apoyar al programa socialista revolucionario, que tiene una perspectiva particular (y excluyente) de lo que es la verdadera resistencia. Antes de hacer eso, es necesario que exprese qué es aquello que yo entiendo por arte, y qué es aquello que yo entiendo por resistencia; y debo de confesar que no puedo hacerlo sin remitirme a parecidos de familia.


Cuando hablo de arte, me refiero a la producción de quienes son socialmente considerados artistas. Este producto (al cual me referiré mediante las palabras “obra” y “pieza”) tiene el objetivo inherente de sensibilizar a quienes lo contemplan a la vez que expresa la sensibilidad de su creador. Se trata, entonces, de un objeto creado con intenciones estéticas. Habrá piezas artísticas que violan partes de esta definición (principalmente piezas pertenecientes a las vanguardias de principios del siglo XX), pero esto se debe a que muchas de estas piezas fungen como crítica al arte. Me parece que puedo decir con suficiente certeza que será claro para prácticamente cualquier lector qué es lo que tengo en mente cuando estoy hablando de arte.


Considero que la resistencia es una de las condiciones de posibilidad para una revolución, un cambio radical en la sociedad (que no implica necesariamente un movimiento armado), aunque esto no nos dice mucho ya que claramente no es la única condición para un movimiento revolucionario. Cuando hablo de resistencia, me refiero específicamente a la actividad de los cuerpos cuando se cuestionan los fundamentos de autoridad en las estructuras sociales existentes, sin que dicha actividad forme parte del momento en el que las estructuras objeto de crítica caigan desplomadas. Las tácticas denominadas como acción directa (ya sea violenta o no violenta, legal o ilegal) ejemplifican la resistencia en gran escala, pero también es posible la resistencia en el plano personal, una de estas estrategias siendo el arte.


Hay que tener cuidado de que no digamos que una pieza artística es mala por las razones equivocadas: prejuicios racistas, clasistas, misóginos, eurocéntricos, academicistas, etc. Es necesario un constante trabajo deconstructivo en torno a las muchas dicotomías que nos impone la sociedad para poder emitir este juicio sin correr riesgos. Sin embargo, a lo largo de dicho trabajo (nunca se está completamente deconstruidx), fácilmente podemos ver que hay “arte” que no debería ser categorizado de tal forma, o que al menos es necesario señalar dichas piezas como obras de mala calidad artística. No me refiero a aquellas piezas que son, para bien o para mal, puramente entretenimiento; me refiero a aquellas piezas que son creadas y presentadas como una genuina obra artística de calidad, digna de ser tomada en serio, pero que inevitablemente son poco más que basura. El cine está plagado de ellas, un ejemplo reciente (y particularmente ilustrativo) es la cinta Nuevo orden del director mexicano Michel Franco, una cinta que pretendía ser la “versión mexicana” de Parásitos de Bong Joon-ho, y fracasó patéticamente en el intento. El mal arte puede encontrarse en todos los medios y canales, inclusive en los casos en los que la línea entre arte y entretenimiento se difumina.


¿Qué es, entonces, lo que caracteriza al mal arte? ¿Qué es, exactamente, eso que lo hace malo? Responder estas dos preguntas también implica responder a sus contrapartes sobre el buen arte. No me parece que sea una cuestión de técnica en el sentido superficial, una obra podría usar las tecnologías y materiales artísticos acorde con los cánones estéticos de la época (sean estos cinematográficas, musicales, plásticas, etc.) y ser mala. Simultáneamente, algunas de las obras de mayor calidad artística son hechas empleando tecnologías y materiales considerados de baja fidelidad o heterodoxos en relación con dichos cánones, sin que esto atente contra la calidad artística de la pieza.


Podrá ser una obviedad, pero para esto el arte no debe ser mundano; esto es justo con lo que el arte debe romper para poder lograr su objetivo de sensibilizar a su audiencia. Esto no quiere decir que el arte no puede simular lo mundano o rutinario, me refiero a que las maneras de simular son todo menos esto. En algún sentido, sin ser explícitamente político, toda obra de arte es un acto de resistencia, en tanto que rompe con las normas que la sociedad nos impone. Este es uno de los muchos temas que le interesaban al filósofo marxista Walter Benjamin.


La noción de que la calidad artística de una pieza responde a un aspecto de su proceso de producción me parece correcta. Es necesario enfocarse en la producción del artista, y si vamos a enfocarnos en una actividad productiva, quien mejor que un marxista para encontrar un punto de partida para la discusión. En El autor como productor, Benjamin piensa al autor y al artista como miembros de la clase proletaria; no confundamos la obra con sus materiales, el artista o autor los transforma mediante su fuerza de trabajo para que después sean vendidos, y a cambio recibe una remuneración menor al valor de su trabajo (el valor agregado a la materia prima) ya que quien posee los medios de comunicación debe obtener una ganancia para que la actividad sea provechosa.. Adicionalmente, donde otros marxistas más dogmáticos ven una simple comodidad parte del orden cultural, un orden determinado por las condiciones materiales de una sociedad, Benjamin ve en el arte una posibilidad revolucionaria que puede contribuir no sólo en la lucha contra el fascismo, sino que también en la concientización de la clase proletaria para que ésta efectúe la revolución socialista. Sin embargo, para que esto suceda el artista debe hacer mucho más que simplemente crear una obra que explícitamente apoye la causa socialista.


Esto no se logra simplemente creando piezas que explícitamente apoyan a la causa. Benjamin dice lo siguiente: “…el aparato burgués de producción y publicación tiene la capacidad de asimilar e incluso propagar cantidades sorprendentes de temas revolucionarios sin poner por ello seriamente en cuestión ni su propia existencia ni la existencia de la clase que lo tiene en propiedad” (Benjamin, pg. 39)


Lo vemos todos los días. Playeras con el rostro del Che, artículos publicados en revistas “mainstream” y libros best sellers escritos por autorxs abiertamente anticapitalistas. Puedes denunciar a la clase dominante capitalista, puedes burlarte, insultar, incluso puedes lanzarle amenazas. Si eso vende, a la clase dominante no le va a importar. No sólo eso, te darán una plataforma y esperarán con ansias la próxima edición de tus agresiones dirigidas a ellxs, porque han podido sacarte provecho. Si bien el discurso rompe ciertas reglas, la manera en que se reproduce dicho discurso todavía las sigue.


Es necesaria una transformación o alteración en el medio mismo para que éste pueda tener alguna potencia. El escritor debe transformar su forma de escribir; el pintor su forma de pintar; el actor su forma de actuar, etc. Esto permite que una obra artística (Benjamin menciona el teatro de Bertolt Brecht) tenga un potencial revolucionario sin que explícitamente promueva las virtudes del pensamiento crítico (sea este marxista, anarquista, feminista, ecologista, etc.): se necesita una transformación de los medios mismos para que la pieza pueda verdaderamente sensibilizar, y esta sensibilización después es la que puede alimentar a los movimientos de resistencia política. Además, dicha transformación debe incomodar e incluso alienar a la clase dominante, a la vez que apelar a los sentimientos de solidaridad con la clase dominada, provocando un quiebre con la sociedad existente.


Recapitulando: para que la obra artística pueda cumplir con su objetivo de sensibilizar al público es necesario un quiebre con lo mundano. Este quiebre, por sí solo, ya es un acto de resistencia personal e individual. Si este quiebre además logra generar sentimientos de solidaridad, la resistencia se esparce casi de manera viral. Es importante darnos cuenta que esta resistencia no es algo perpetuo, tiene fecha de caducidad. Una obra artística por sí sola no puede causar un cambio radical en la sociedad, el trabajo restante pertenece a la política.


De esta manera regresamos a la conclusión de Benjamin sobre el potencial revolucionario del arte. Es Benjamin quien declara que “…no cabe duda de que las opiniones tienen una gran importancia; pero la mejor opinión puede ser inútil si no vuelve útiles a quienes la comparten” (Ibid, pg. 49), y es de esta manera que identifica también el efecto de la sensibilización: que hace útiles a quienes la experimentan, útiles para socavar las estructuras que nos dominan. El arte es, entonces, una actividad de resistencia, una de las muchas actividades que posibilitan una alteración radical de nuestra sociedad.


Texto de referencia

Benjamin, Walter. 2004. El autor como productor. Ciudad de México: Itaca

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