Dylan y Rimbaud: Almas en el éter

Arcadio Falcón





Durante su época más prolífica (1963-1966), Bob Dylan, recientemente aceptado en el club de los octogenarios, hablaba en términos abstractos que aún hoy resultan difíciles de comprender.

Describía las canciones como si fueran piezas de un puzzle animado que se amolda a la vida como la arena ante las olas. Otras veces las equiparaba con el destino, dejando caer que todo había sido inevitable. En uno de recurrentes juegos de espejos, el esquivo americano se declaraba un “caminante del éter” que recogía todo lo encontraba en su camino.


Blonde on Blonde, publicado en 1966 y que puso fin al frenesí creativo que marcó los primeros años de su carrera, fue el clímax de este tipo de escritura; la que los teóricos y catedráticos, víctimas de ese tipo de ignorancia que necesita etiquetarlo todo, calificaron como Stream of Conciousness (Flujo de conciencia). El término no era original, ya que es atribuido al psicólogo William James -quien lo acuño en 1890- pero sí acierta en algunas cosas:

Toques de surrealismo, la (aparente) ausencia de filtro e imágenes poderosas y vibrantes.


A todo esto se refería Dylan (y Rimbaud) cuando hablaba del éter; un lugar en el que, una vez se entra, es imposible equivocarse. Desaparecen lo “bueno” y lo “malo”, conceptos opuestos a la esencia de la poesía, y lo único que es importante es que la imagen escogida potencie la idea.

En Una temporada en el infierno, obra cumbre del francés, el autor nos lleva de viaje por el cielo, el infierno, la soledad y la dicha en el espacio de una página… ¡y con 19 años!


Eso me lleva a concluir, elemental Dr. Watson, que esa energía y ausencia de filtro creativo (ese editor que vive en la cabeza y se hace más fuerte con los años) está intrínsecamente relacionada con la juventud y el halo de inmortalidad que lo rodea todo en la primavera de la vida. Y por eso Blonde on Blonde.


En el disco, como en la obra cumbre de Rimbaud, un Dylan de apenas 24 años mezcla imágenes que no tienen nada en común.


En Visions of Johanna construye un mundo a dos niveles: El primero, donde está él, relata la historia de un grupo de personas que van avanzando con la noche. Se mezclan las imágenes de Louise y su amante, el guarda de noche de un museo, una mula con prismáticos, la sonrisa de “carretera” de la Mona Lisa y armónicas que tocan “las teclas de los esqueletos y la noche”. (¿?).


Hecho así, sin hilo conductor, sería una auténtica sangría de talento sin dirección; o lo que es lo mismo, una paja mental. Pero no, porque la canción está construida a dos niveles.

El segundo, el que hace de pegamento uniendo todo, es el de Johanna. La figura de Johanna, colocada estratégicamente al final de todas las estrofas y siempre con una metáfora diferente, es lo que da vida a un texto maravilloso pero a primera vista inconexo.


Es el propio Dylan quien sugiere, al final de cada bloque lírico, que las imágenes no son más que delirios producidos por Johanna.


“And these visions of Johanna that conquer my mind” (1a Estrofa)

“And these visions of Johanna have now taken my place” (2a Estrofa)

“And these visions of Johanna have kept me up past the dawn” (3a Estrofa)

“But these visions of Johanna, they make it all seem so cruel” (4a Estrofa)

“And these visions of Johanna are now all that remain” (5a y última estrofa)


Leyendo la letra podréis ver cómo la metáfora se va adaptando a las visiones de cada estrofa y profundizando cada vez más en la idea de que todo lo que está pasando es un delirio en la mente de Bob.


Y de nuevo a Rimbaud y el viaje por el éter que recoge en Una temporada en el infierno. Todo el poema está lleno de referencias religiosas y metafísicas que parten desde algo muy cotidiano, como la confesión de la Virgen Loca, para acabar en una reflexión profunda sobre muchos temas. La belleza de este tipo de escritura, que pasan por alto algunos gurús, es que no hay ningún tipo de arrogancia. Dylan, Rimbaud, Ruben Darío… escriben sin sentar cátedra ni hacer favores al oyente/lector; plasman lo que sale sin filtro y, para que eso salga bien, se ha de tener una relación fluida con el éter.


Una diferencia clara entre el formato literario del francés y las canciones de Bob es que en la música sí hay repetición y patrones previsibles. El disco se encuentra dentro del sonido rock de los 60 sin alejarse prácticamente nada de las estructuras del folk y singer-songwriter con las que triunfó pocos años antes. Esto hace que todo sea un poco más accesible que enfrentarse al papel en blanco de un poemario.


Lo que sí se debería advertir a todos los aspirantes es que para escribir Una temporada en el infierno hay que vivir un tiempo en el Infierno. Para poder hacer Visions of Johanna hay que delirar durante muchas noches y ver a Johanna, difuminada y llorando bajo la lluvia.

¿Pagarías el precio?



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