Doppelgängers o el horror de ser

Actualizado: ago 12


En su ensayo “La imagen que nos falta”, Pascal Quignard introduce al lector a lo que él reconoce como las dos imágenes que siempre le faltan al ser humano y que lo persiguen por su ausencia: la urzene, imagen del momento de nuestra concepción, y la nekhuia, imagen del momento de nuestra muerte.


Aunque el estudio de Quignard, que pasa a relacionar con el arte, resulta sumamente interesante, al leer estos dos primeros postulados surge una pregunta: ¿no hay, más allá de esos dos ejemplos, otra imagen que siempre nos falta, y se hace presente a diario? Estamos hablando, pues, de la imagen de uno mismo: nunca nos podemos ver a nosotros mismos de frente, de manera real. La única concepción que tenemos de nuestro rostro y nuestra apariencia física viene a nosotros a través de dos medios: la cámara, y el espejo.


El doppelgänger dentro de la cultura popular siempre se utiliza como un elemento de terror, como el doble, el otro yo que pretende lastimar al yo ‘real’. Pero ¿de dónde viene este horror que nos causa pensar en vernos duplicades?


La relación que tiene el ‘yo’ con la imagen en el espejo, la manera en la que se relaciona nuestro propio sujeto con la imagen especular, cómo nos identificamos con esta nos permite, por un momento, aferrarnos a la ilusión de que somos. Pero, ¿qué pasaría si, de repente, ya no contamos con esa imagen en el espejo? ¿qué pasaría si nuestro yo no está ahí, mimetizando nuestros movimientos y recordándonos que aquello que vemos reflejado es lo que somos, es lo que hacemos?



Cuando nos reconocemos en un espejo por primera vez, cuando nos vemos dentro de una superficie reflectora y sabemos que aquello que nos mira somos nosotres, nos reconocemos y asumimos como sujetos.


Nos sabemos cuerpos, pero sabemos que nosotres lo habitamos, que aquello en el espejo es sólo una ilusión de lo real, de lo que sí somos. Sentimos la tensión de nuestro cuerpo fragmentado, pero sabemos que podemos jugar con esa tensión porque el espejo no es real. Cuando esa imagen se vuelve real, cuando se presenta la imagen del doppelgänger a un sujeto, es testigo de la fragmentación de su propio cuerpo, pero de una manera diferente: aunque se sabe una presencia espacial, aunque sabe que tiene un cuerpo físico, su reflejo, que antes era el que le aseguraba que ese cuerpo existía, aunque fragmentado, ahora no está.


Se vive una recorporalización al ver por primera vez el cuerpo duplicado frente a une, al verse en carne y hueso, dimensionarse por primera vez ante el espacio, verse a través de la mirada de le otre, poder sentirse como un ente móvil en cualquier lugar, ver cómo se ve une al hablar, los gestos, cómo el viento nos pega en el cabello y el rostro. Pero también se vive una descorporalización: el ver el cuerpo propio frente a nosotres, nos sentimos ajenos a nuestro propio cuerpo, nos causa inconformidad, tal vez un poco de vértigo, tal vez un poco de terror. Saberse cuerpo es aceptarnos dentro de la realidad. El sujeto ve su imagen y se sabe mirado por esta, pero sabe que esa imagen, aunque corresponde físicamente a él, no es su ‘yo’.


Más allá del rol del doppelgänger que arruina la vida del ‘yo’ verdadero, el puro horror de vernos y reconocernos como cuerpos en el espacio nos puede apuntar a una serie de discusiones interesantes. Más que nada, por qué nuestro dilema con nuestra imagen, y por qué nos perturba tanto sabernos más que imagen, más que representación en el espejo, y sabernos portadores de un cuerpo.


Y, también, saber que para el mundo somos eso, imagen, y cualquiera que porte nuestra imagen va a ser nosotres para el mundo. Nos sabemos impotentes frente al peso de nuestra propia afición por la representación y la superficialidad. Más importante, creo que nos aporta una pregunta crucial: entre lo que siento y lo que se ve, entre aquello que percibo y aquello que el mundo percibe como ‘yo’, ¿dónde quedamos?

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