Devorar y ser devorado: cómo gozar la muerte


Una de las mayores frustraciones del género humano es que no podemos vivir nuestra muerte. Para apaciguar esta angustia recurrimos a todo tipo de actitudes, algunas más problemáticas que otras. Una de las más populares, aunque no por ello menos problemática, es la de la representación en el arte. Signar la muerte, pictórica o textualmente, es una manera de hacerla presente y enfrentarla desde una posición segura. Aun en las representaciones, solemos ser bastante reservados y evitamos las alusiones directas, pues también somos criaturas miedosas. El texto que trabajaremos a continuación es revolucionario por muchos motivos, pero uno de ellos es que enfrenta este miedo y hace de él una experiencia de placer.

Memorias Póstumas de Blas Cubas es una novela escrita por Joaquim Machado de Assis, publicada, originalmente, por entregas en 1880 en la Revista Brasileira y como libro en 1881. El protagonista narra su vida desde la muerte en una serie de capítulos cortos: “yo no soy propiamente un autor difunto; pero sí un difunto autor, para quien la tumba ha sido otra cuna”(Assis 7). Así, el presente de enunciación del narrador/protagonista es la muerte, momento que no solamente funciona como una coordenada temporal, sino como una situación que despliega las posibilidades literarias del texto por su condición de indecidibilidad.

En la novela la muerte se configura como experiencia que, al intentar comunicarse, escapa parámetros de significación fijos, por lo que se incita una lógica suplementaria que brinda, tanto al enunciante como al lector, un goce inmediato. La muerte actúa como una potencia que reorganiza y transforma los cuerpos textuales —el cuerpo del protagonista y el del lector— al añadirse a la falta suplementaria de la presencia. El goce, además, se reitera en el deseo antropófago que funge como suplemento de la experiencia de la muerte, como la búsqueda de hacer presente la muerte a través de la “reorganización” de los cuerpos en un proceso gustoso no solo fisiológico, sino textual, pues esta acción siempre se traza en paralelo con la acción devoradora del texto y de la literatura. En este trabajo estudiaremos el capítulo 7 de la obra titulado El delirio por ser el espacio que media entre la vida y la muerte y desde donde se configuran ambos estados, y por contener explícitamente el deseo antropófago. Este estudio permitirá analizar la cadena suplementaria que se establece en el texto en relación con la muerte y la antropofagia.

Antes de comenzar, es preciso esclarecer lo que entendemos por suplemento y cadena suplementaria. Estos conceptos los retomamos de su autor original, Jacques Derrida, según lo que este establece en De la gramatología. A grandes rasgos, Derrida habla del suplemento como aquello que a la vez promete y rehúsa la presencia:

El suplemento se añade, es un excedente, una plenitud que enriquece otra plenitud, el colmo de la presencia […] Pero el suplemento suple. No se añade más que para reemplazar. Interviene o se insinúa en-lugar-de; si colma, es como se colma un vacío. Si representa y da una imagen, es por la falta anterior de una presencia.(Derrida 185)

Así, entendemos que la escritura se presenta en-lugar-de una experiencia que falta, en este caso la muerte. Podría resultar obvio, pero nunca nos detenemos a pensar que nos es imposible vivir nuestra muerte. Sin embargo, como explica Derrida sobre Rousseau y sus Confesiones: “La muerte por la escritura también inaugura la vida”(183). Algo de lo que nuestro protagonista está consciente: “la tumba ha sido otra cuna”(Assis 7). Derrida sigue: “La muerte es el movimiento de la diferencia en cuanto necesariamente finito… La diferencia vuelve posible eso mismo que vuelve imposible”(183). Veremos, entonces, que en el texto se teje una red de significación, una cadena suplementaria que va del texto al delirio, del delirio a la muerte, de la muerte a la antropofagia y de la antropofagia al texto, cadena que le permite al protagonista, Blas Cubas, hacer presente su muerte, aunque sea artificialmente, y disfrutarla por medios literarios.

El capítulo comienza así: “No me consta que alguien haya relatado su propio delirio; lo hago yo y la ciencia me lo agradecerá”(11). Desde el comienzo Blas Cubas nos sitúa en la narración, en la representación de algo que se considera irrepresentable o que, hasta ese momento, no ha sido representado. Al leer esta primera oración nos preguntamos por qué es que nadie ha relatado su propio delirio, qué es lo que lo hace irrepresentable. La respuesta nos es dada en la forma en que se desarrolla la narración. El delirio no es un estado fijo, es un estado de constante cambio, y que, por esto, invoca la lógica suplementaria. En tan solo tres párrafos observamos al protagonista transformarse en un barbero chino, en la Summa Theologiae de Santo Tomás y de nuevo en ser humano. Cada una de estas imágenes suple la anterior para dar una nueva forma o una nueva presencia a lo que en realidad es un ser ausente de sí. Recordemos la etimología de “delirio”, del latín “delirare” que se podría traducir burdamente como “salirse del surco”. El delirio implica la huella de la salida, el abandono de un estado anterior, que en este caso es el de la vida.

Vale la pena reflexionar sobre la naturaleza de los suplementos. Un barbero chino y la Summa Theologiae, pueden signar el abandono de la vida por la lejanía o relación de imposibilidad que guardan entre sí, y con Blas Cubas. Ambos suplementos nos proveen con imágenes de lógicas internamente coherentes, pero que se alejan a tal grado de quien enuncia, ya sea geográfica, temporal, o ideológicamente, que solo son signos de la ausencia de vida y de muerte. Son un intento de hacer presente un estado intermedio indecible. Este intento produce, inevitablemente un goce, pues “el suplemento no tiene solamente el poder de procurar una presencia ausente a través de su imagen: procurándonosla por procuración de signo, la mantiene a distancia y la domina. Pues esa presencia, a la vez es deseada y temida” (Derrida 198). El goce se vive como amenaza de muerte, pero simplemente como amenaza porque el verdadero goce está diferido, el verdadero goce sería la verdadera muerte de la que estamos ausentes. De este modo, el delirio en las imágenes del chino y la Summa Theologiae nos acercan a la muerte de Blas Cubas, pero desde un lugar seguro que resulta placentero, desde la representación —no es casualidad que se elija como imagen un texto—, desde la diferencia.

La cadena suplementaria del delirio continúa con la búsqueda por el origen de los siglos. El protagonista es arrebatado por un hipopótamo que lo lleva a este punto marchando hacia atrás, en una travesía ardua a través de paisajes helados. El origen de los siglos solo puede ser suplemento del delirio, no de la vida y no de la muerte, porque es un punto anterior a ambas, es decir, no es ninguna. Además, el que se plantee como un lugar visitable, como una imagen que surgirá en el texto, destaca su ausencia y la angustia que produce. La imagen del origen de los siglos, en el texto, es una forma de apaciguar está angustia y sustituirla por curiosidad. Blas Cubas dice:

Ahora ya no se me importa confesar que sentía unas punzaditas de curiosidad por saber dónde quedaba el origen de los siglos, si era tan misterioso como el origen del Nilo, y sobre todo, si valía algo más ó menos que la consumación de tales siglos. (12)

Esto demuestra que a lo que se le teme es a la ausencia, pues se desea que el valor de la imagen exceda, positiva o negativamente, la falta. En este caso, la consumación de los siglos no equivaldría al origen, sino a la falta de origen, de aquí que se plantee como posibilidad decepcionante.

Cuando, finalmente, el protagonista ve el origen de los siglos lo describe como un torbellino intenso, un desfile de todo, que pasa ante sus ojos como el rayo. Así, este signo es suplemento del delirio, pues se coloca en un espacio que no es ni el de la vida ni el de la muerte, un espacio indeterminado desde donde se puede ver una condensación de todos los otros signos para estos dos estados. Es importante señalar que el autor configura este suplemento de modo que este tiene consciencia de ser tal, de ser puramente un artificio textual construido a partir de lo impensable/indecible/ausente:

Entonces el hombre flagelado y rebelde, corría ante la fatalidad de las cosas, tras de una figura nebulosa y esquiva, hecha de retazos, un retazo de impalpable, otro de improbable, otro de invisible, cosidos todos hilván, con la aguja de la imaginación y esa figura, — nada menos que la quimera de la felicidad—, o le huía perpetuamente, o se dejaba coger, de la falda, y el hombre la ceñía contra el pecho, y entonces ella reía, como un escarnio, y desaparecía como una ilusión. (14)

Incluso, en esta pequeña cita, parece incluirnos como lectores: ¿Qué no, al leer, perseguimos figuras nebulosas y esquivas hechas de retazos impalpables, improbables e invisibles hilados por la imaginación que parecen ser la felicidad pura, pero que, al final, siempre nos huyen como una ilusión? Si seguimos leyendo es porque siempre encontramos otro suplemento de aquello de lo que estamos en falta para perseguir.

De este forma, la muerte se le añade al delirio y toma la forma de suplemento para prolongar el goce de nuestro protagonista. El desplazamiento de la cadena hacia la muerte ocurre a través de la figura de Pandora. Esta figura se presenta así: “Llámome Naturaleza o Pandora. Soy tu madre o tu enemiga” (12). Es significativo que esta figura se presente a partir de signos aparentemente opuestos, pues nos señala que puede suplir tanto un lado del binomio, como el otro: “Yo no soy solamente la vida; soy también la muerte, y tú estás pronto, para devolverme lo que te di prestado. Gran lascivo, prepárate para la voluptuosidad de la nada”(13). Así, del suplemento “el delirio”, que no era ni la vida ni la muerte, pasamos al suplemento “Pandora” que puede ser ambos simultáneamente aunque se decanta por sustituir con más fuerza a la muerte. Esto lo podemos argumentar porque encontramos que el protagonista la dota con características que corresponden a este concepto, por ejemplo, menciona que tiene el rostro “indiferente como el sepulcro” (13). Adicionalmente, a donde se dirige el protagonista es a la muerte, que la misma Pandora describe como “la voluptuosidad de la nada”(13), por lo que aquello que está en falta y que el protagonista necesita suplir es esta y no la vida.

Ahora, el goce de este suplemento no solo radica en la forma de mujer que claramente resulta atractiva par Blas Cubas: “tu mirada me fascina”(13), sino en la acción antropófaga que esta puede efectuar y que el protagonista desea. La primera instancia donde se insinúa este acto es en la siguiente línea: “¿Para qué quieres algunos instantes, más de vida?, ¿Para devorar y ser devorado después?”(13). Aquí Pandora establece que el goce de la vida está en devorar y ser devorado. Son acciones que permiten la apropiación y reapropiación simbólica de la presencia propia y del otro en un proceso físico-corporal y textual; sin embargo, este goce se puede extender a la muerte. Más tarde, Blas Cubas exclama: “Cuando Job maldecía el día en que fuera concebido, es porque le daban ganas de ver de aquí arriba el espectáculo. Vamos allá; Pandora, abre el vientre y digiéreme; la cosa es divertida, pero digiéreme” (14). Entonces, la antropofagia se presenta como el goce por el suplemento, en tanto que representa la posibilidad de tomar el lugar-de, al devorar, o ser suplantado, al ser devorado. Es una pequeña muerte que no culmina porque ocurre por medio de la diferencia. Lo que devora no es la muerte, sino otro suplemento de esta, por lo que nos amenaza, pero no realmente, aquí radica el verdadero placer. Esto nos da una pauta para entender el placer por el texto. Este, como universo de signos y cadena de suplementos, nos engulle y nos enfrenta con un delirio, una vida, y/o una muerte diferidos que a la vez nosotros podemos devorar al leer. Recordemos la dedicatoria del libro: “Al gusano que primero royó las frías carnes de mi cadáver, dedico, como saudoso recuerdo, estas memorias póstumas”(3). ¿Acaso no somos ese gusano? ¿Acaso no devoramos a Blas Cubas?

En suma, Memorias Póstumas de Blas Cubas plantea una cadena suplementaria que comienza con el delirio como suplemento de un estado indecible, sigue con la muerte como suplemento del delirio, le añade la antropofagia como suplemento de la muerte, y termina con el texto como suplemento de la antropofagia. Esta lectura permite entender la singularidad del punto de enunciación de esta novela — la muerte—, y las estructuras textuales que desencadenan el goce del lector. Asimismo, reflexiona sobre el poder de afección y transformación de la experiencia que tiene la literatura. Por otro lado, y está es una línea de investigación que se podría explorar más a fondo, es notable que esta configuración se adelanta y prefigura movimientos vanguardistas posteriores como el movimiento antropófago inaugurado por Oswald de Andrade en Brasil en 1928, casi 50 años después de la publicación de la novela.


Obras citadas

Derrida, Jacques. “Ese peligroso suplemento.” De la gramatología, Siglo XXI, México, 1970.

Machado de Assis, Joaquim. Memorias Póstumas de Blas Cubas, versión de Julio Piquet. Imprenta La Razón, Montevideo, 1902.


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