Detrás de las teclas



Hace poco me compré una máquina de escribir.


Evidentemente suena como la oración más pedante y pretenciosa para empezar un ensayo, pero mis motivos detrás de esa decisión estuvieron menos relacionados con la pseudonostalgia que, como estudiante de letras, se espera de mí (por mamadora), y más con que tengo un déficit de atención grosero que me impide no distraerme cuando escribo en computadora.


Así que pensé que sería una solución eficaz (y barata, gracias a Facebook) de concentrarme por una vez en la vida en lo que hago. Inmediatamente después de ir a recogerla le mandé un mensaje a mi mamá, ya que sabía que ella tuvo mucho contacto con las máquinas de escribir en su época de oro.


Cuando le mandé un video de cómo funcionaba, me dijo que el sonido le recordó a los tiempos en los que le ayudó a mi papá a transcribir su tesis. Después de configurarla, le marqué a mi abuela, y le enseñé la máquina en video.


Me dijo muy emocionada que en una máquina de escribir de esa misma marca había escrito su tesis y le había escrito la suya a mi tío. Mis vecinas, dos señoras mayores, se asomaron por la ventana cuando escucharon la máquina, emocionadas por reconocer el sonido.


Me platicaron, por su parte, que habían estudiado mecanografía, que en sus tiempos era una de las opciones más sensatas para una mujer que quería trabajar en un lugar que no fuera una fábrica o una escuela, y me contaron de la memoria muscular que desarrollaron, de cómo sus dedos parecían flotar solos a las teclas, de cómo aprendieron a amar el sonido de las teclas que hoy en día nos parece estridente.


Hablé con cuatro mujeres después de comprar mi máquina de escribir.


Las cuatro me contaron de experiencias que tuvieron transcribiendo para otros, de instancias en las que llenaron las teclas de una voz ajena.


Me imagino que no era una labor fácil: pienso que yo me lleno de nudos en la espalda después de escribir por más de dos horas seguidas (de hecho siento un nudo formándose ahorita).


En esas máquinas, aún más grandes y complicadas que las computadoras tan accesibles donde solemos escribir hoy en día,pienso en el cuerpo de esas mujeres moldeándose perfectamente para manejar con una destreza perfecta el lenguaje de otros.


Otros hombres, ya sean los hombres individuales cuyas manos son seguramente demasiado Grandes, Inágiles, Toscas y Varoniles como para escribir sus propios trabajos, o por lo Hombres con hache mayúscula, que decidieron que los trabajos de oficina, de lectura y escritura, el trabajo de tedio que no involucre una agencia real de parte del sujeto, era labor de las Mujeres con eme mayúscula.


Pienso en esto, y pienso también en la cantidad desproporcionada de autores hombres conocidos y reconocidos y galardonados y mamados incesantemente comparada con la muy reducida cantidad de autoras mujeres conocidas y reconocidas y galardonadas y mamadas, aún en el siglo XXI.


Si no me creen, hagan el ejercicio: pregúntenle a una persona, la que sea, qué autores literarios conocen. Cuenten la cantidad de autoras mujeres que mencionan (que no sea JK Rowling).


Entonces, si la actividad de la escritura está inherentemente fabricada para nuestros dedos finitos de damita y nuestra destreza e inteligencia naturales, ¿cómo es que nuestra idea de las obras de escritura más buenas y famosas se sigue conectando simplemente con autores hombres?

Patrón repetido en la historia femenina: somos buenísimas para hacer aquellas actividades que nadie quiere hacer (escritura, limpieza, cargar con las emociones de otres como buenas Figuras Maternas).


Hacemos esa labor.


No recibimos ni la compensación ni el reconocimiento adecuados, pero arduo agradecimiento desde la comodidad del No Hacer Nada, porque si no lo hacemos nosotras, se sabe, nadie más lo iba a hacer.


Eso da para otros mil ensayos. Pero en lo que a este ensayo le concierne, no dejo de pensar en los fantasmas detrás de todas las máquinas de escribir en el mundo, de las voces y agencias que quedaron relegadas al ámbito de lo privado, en cartas y diarios (otro recurso de la Buena Mujer, que guarda sus penas en sus memorias privadas en vez de sacarlas al mundo como toda una imprudente), mientras que en el público siempre fueron el vehículo para la Voz Masculina. Pienso en que me gustaría recopilar todo lo que alguna vez transcribieron y buscar tal vez una palabra escondida, una frase aquí y allá a la que le cambiaron una palabra, ver en pequeños huecos lingüísticos a estas mujeres, hacerles saber que detrás de cada tecleo firmado con un nombre ajeno yo elijo leerlas a ellas.


Para entrar a la preparatoria en la que estudié, como parte del proceso de ingreso, nos pedían un breve ensayo en el que explicáramos por qué queríamos pertenecer a esa escuela, y cuáles eran nuestras metas para cuando termináramos.


Tres compañeros, hombres todos, me pidieron que les escribiera sus ensayos.


Yo les pregunté que si por qué no lo hacían ellos, que no quería poner palabras en su boca. Me respondieron que podrían hacerlo, pero que les iba a salir mal.


Simplemente lo sabían: estaba en su naturaleza. Que yo sabía que era buena escribiendo, que me podían dar un par de ideas pero que sabían que todo iba a sonar mejor si yo lo redactaba. Curiosamente, aunque sé que a algunas de mis amigas no se les facilitaba tanto la escritura, ninguna me pidió que lo hiciera por ella.


Escribí los ensayos, aunque también me tomé mis libertades. Lo hice tan pretencioso que iba a ser evidente que no lo habían escrito ellos. Y, secretamente, deseé que les hicieran preguntas de su trabajo que no supieran responder, y se vieran obligados a admitir que no era su voz ahí, sino la mía.


Entonces digo: mejor hay que poner nuestras palabras en las bocas de todes.


Si la escritura no es un trabajo para machos, reapropiémosla completamente, inundemos la esfera de lo público con lo más íntimo y privado de nuestra experiencia con lo femenino, o nuestro desagrado con el mismo.


Planteemos, de tanto en tanto, pequeñas pistas de lenguaje para reconocernos si todavía, siendo el siglo XXI, nos vemos orilladas a transcribir algo por un hombre con manos invisibles y con un Muchas Gracias Procederé A Llevarme Todo El Crédito Por Esto a cambio.


La máquina de escribir tiene espacio de sobra para que volquemos nuestras experiencias, nuestra voz, nuestros sentires tan impúdicos e innecesarios.


Esta invitación evidentemente no sólo va dirigida a las mujeres o les persones que ya habían pensado en dedicarse a la escritura: quiero ver, también, otras experiencias de lo femenino.


Quiero ver el mundo inundado de las experiencias de todas las mujeres de todos los días.


Quiero que las autoras de fanfics salgan del anonimato, que se enorgullezcan de escribir, que reconozcan que no es una labor fácil sea cual sea el ámbito, y que si Paulo Coelho sigue publicando ellas no tienen por qué sentir un gramo de vergüenza por escribir escenarios eróticos falsos entre personajes de animes o miembros de one direction.


A lo largo de la historia a les que fuimos socializades como mujeres se nos ha ridiculizado constantemente por las mismas cosas que se admiran de nosotres: si buscamos dentro de nuestras experiencias, la escritura es sólo uno de esos casos.


Buenes para escribir, buenes para redactar, pero ridícules si nos acercamos a la escritura de una manera que involucre nuestra propia voz y no la de otres, ridícules si escribimos de sentimientos, ridícules si intentamos escribir de lógica y de ciencias, ridícules si pedimos espacios donde se reconozca la invisibilización escritural que hemos pasado, ridícules si hablamos de lo que nos vulnera, ridícules si escribimos poesía, ridícules si escribimos teoría.


Entonces, seamos lo más ridícules posible.


Escribamos de absolutamente todo lo que sentimos y vivimos con la misma falta de vergüenza con la que los hombres nos piden escribir y pensar por ellos.


Escribamos de nuestra angustia adolescente más estúpida, de lo culeros que son los coágulos menstruales, de las bolas de tensión permanente en nuestras espaldas cuando caminamos por las calles de noche.


Si no encontramos las palabras adecuadas las inventamos. Hacemos todo un diccionario para nombrar nuestros ridículos sentires de no-machos y hacemos enojar un poquito más a la RAE.


Llenemos cada tecla, cada letra, cada palabra que podamos, colmémosla de toda experiencia diversa que se aleje de lo Hegemónico y Masculino.


Sanemos y revitalicemos el lenguaje de años de ser dominado por la Voz Varonil: creo, afirmo, siento (como buena mujer que soy) que lo necesitamos.

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