Deshebrar la experiencia: un vistazo a “The White Album”, de Joan Didion



Joan Didion, nacida en 1934 en Sacramento, California, y fallecida en 2021 en Manhattan, fue sin duda una de las mejores escritoras estadounidenses de mitades del siglo pasado, incluso de principios del XXI. Su profundo entendimiento y capacidad para maniobrar los sucesos –sociales, materiales, biológicos, políticos, culturales…– que el mundo despliega a la par del pensamiento propio son las características principales de toda su obra.

En otras palabras, su perspectiva y punto de vista son de gran calidad, imaginación, subjetividad y a la vez objetividad; a tal grado de hacernos estremecer en tan solo un párrafo mientras reflexiona sobre historias y sucesos de vida. Y justamente hace lo anterior en su ensayo autobiográfico “The White Album”, escrito entre 1968 y 1978.

Como ya se dijo, la escritura de Didion se puede caracterizar por una especie de manejo u operación de la realidad y la experiencia, siempre a cuestas y consciente de que el lenguaje, la palabra, es la herramienta en cuestión.

Su ensayo, dividido en quince apartados –como una especie de colección o álbum vacío–, inicia con la siguiente oración, sencilla, cruda y potente: “Nos contamos historias para poder vivir” (11). Esta pequeña oración puede abrirse a significados e interpretaciones sumamente amplios, y uno de ello es que casi lo único que hacemos es contar historias, usar las palabras y el lenguaje para explicarnos y explicar el alrededor, los espacios donde vivimos y su pasado, la vida.

Didion ve la suya vida, y la nuestra también podría caber en esta consideración, como una especie de pasarela de imágenes, de fotogramas que no tiene necesidad de ser articuladas en un discurso para explicarse a sí mismas. Más bien, la nuestra es la única necesidad de explicar lo que pasa enfrente.

El apartado donde hace memoria acerca del caso del famoso militante negro, Huey P. Newton, es esclarecedor para este punto, ya que sus recuerdos y reflexiones no le piden aclarar la inocencia o la culpabilidad de Newton. En lugar de eso, Didion escribe lo siguiente: “... la inocencia o culpabilidad de Newton es irrelevante … le era más útil a la revolución que estuviera tras la rejas que en las calles” (27-29).

Pareciera que el ojo y las palabras de Didion trabajan en conjunto para darnos una visión en suma, un total o compendio de lo sucesos que experimenta, que le cuentan o que imagina. Pasa lo mismo cuando se queja un poco y a la vez le causa curiosidad el mundo musical, “the music people” (26).

En dos apartados seguidos habla acerca de les músiques y bandas, sobre actitudes y diálogos, y donde puede notarse una especie de crítica y recuento más allá de lo cerrado, comercial y socialmente, que puede llegar a ser el ámbito musical. Toma de ejemplo a la banda californiana The Doors y a Janis Joplin.

En el caso de The Doors, la percepción de Didion es impresionante: sabemos que ella lo cuenta, que ella estuvo ahí y su presencia; sin embargo, para que tal intensidad narrativa y de pensamiento surgieran en palabras tuvo que dejarse absorber por el momento. En este apartado hay dos cosas importantes: una, que la habilidad de la autora se debe a que sabe moverse entre espectador y actante, entre ver y ser visto. Dos, una de las mejores descripciones de Jim Morrison, donde lo caracteriza como una especie de ser escurridizo y amable plenipotenciario de The Doors.

Lo que respecta a Janis Joplin es curioso. Utiliza la célebre figura de al cantante para traer a colación actitudes vagas, desinteresadas de les músiques: “Pasar tiempo con personas de musica era confuso, y requería un acercamiento más fluido y ultimadamente más pasivo del que he hasta ahora he adquirido” (26).

A continuación, transcribo las mejores lineas a mi parecer de “The White Album”:

“Vivimos enteramente … por las ‘ideas’ con las cuales hemos aprendido a congelar la cambiante fantasmagoría que es nuestra experiencia actual” (11).

“Linda actuaba con lo que más tarde descubrí era la teoría de dados, y también, durante los años de lo que hablo, yo lo hacía” (18).

“La gente de música nunca quiso bebidas ordinarias” (25).

“Cerré los ojos y conduje a lo largo del puente Carquinas, porque tenía cosas que hacer, porque estaba trabajando … y porque nada en mi mente estaba en el guión como lo recordaba” (37).

“Recuerdo bastante claro toda la desinformación de esos días, y también recuerdo esto, lo cual no quisiera: recuerdo que nadie estaba sorprendido” (42).

“ … tuve, por primera vez, una filosa aprehensión de lo que sería ser vieja” (47).

Casi al igual que Warhol, artista unos años mayor, Didion ve, capta, experimenta y expresa, todo a la vez. No podemos decir que hay un estado científico de observación antes de alguna articulación discursiva o de palabras. Su papel de espectadora es tan activo como el de cualquier otra persona.

La prosa de esta autora es una especie de sustancia corrosiva, que desmenuza y destroza sin el dolor del ácido. Lo que consta para decir esto es que durante cuarenta y dos páginas de apartados y reflexiones sumamente profundas y esclarecedoras acerca de sucesos y vivencias, Didion cierra su ensayo autobiográfico con lo siguiente: escribir no me ha ayudado a saber lo que significan” (47).

Es el otro lado de la moneda, un golpe inverso del que inició “The White Album”. Sin duda Didion sabía bien que las historias que nos contamos son sumamente importantes, y aún más cómo estas son contadas.


Didion, Joan. “The White Album”. The White Album. Farrar, Straus and Giroux, New York, 2009, ppg. 11-48.


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