Del peyote al trono: el irlandés que quiso ser rey de México

Matteo Arias



El día de hoy me propuse narrar una de las historias más curiosas que jamás he leído… y, por rocambolesca que es, espero no decepcionar con este relato.


William Lamport fue un hombre irlandés que llegó a España luego de diversas peripecias que lo obligaron a huir de su tierra natal. Junto con otros irlandeses exiliados, William fue ascendiendo hasta ganarse el respeto y la admiración de varios españoles, entre ellos la mano derecha del rey Felipe IV, el conde-duque de Olivares. De hecho, fue tal su fidelidad para con el reino de España que el propio William decidió hispanizar su nombre, de ahí que se renombrara como Guillén Lombardo de Guzmán. El “de Guzmán” lo agregó en honor a su maestro, el conde-duque ya mentado. Incluso, fue tal la confianza de su mentor que este se decidió a enviarlo a la Nueva España como espía. Es aquí donde comienza el verdadero viaje.


En abril de 1640, Don Guillén Lombardo de Guzmán se embarcó al Nuevo Mundo en la misma nave en la que iba el nuevo virrey y el futuro obispo-visitador de la Nueva España, otro protegido del conde-duque, Don Juan de Palafox. Aquí vemos cómo nuestro apreciable irlandés no era un cualquiera: ¡era un espía de máxima confianza de la persona más cercana al rey de España! ¿Cuál era el objetivo de Don Guillén? Espiar a todo aquel que pudiera estar conspirando en contra de la Madre Patria; fuesen peninsulares, criollos, el propio virrey… Don Guillén debería infiltrarse e informar a su maestro de cualquier indicio de sedición.


De forma rápida, Don Guillén comenzó su labor involucrándose con los criollos más importantes de la Ciudad de México y entablando lazos de amistad con varios personajes importantes. Sin embargo, la cosa empezaría a torcerse cuando, para 1642-1643, su mentor y protector, el conde-duque, caería en desgracia junto con la propia España luego de durísimas derrotas militares frente a Portugal y Cataluña.


Tiempo después, cerca de las minas de Taxco, actual estado de Guerrero, Don Guillén conoció a un hombre indígena que se llamaba Don Ignacio. Este último fue el que le presentó el peyote, una planta alucinógena cuyo uso en esa época era legal entre los indígenas, pero nada más. Este le mencionó que el peyote permitía ver el futuro, pues lo empleaban los chamanes de la región. En una ocasión, incluso, luego de recurrir al peyote, Don Ignacio le dijo a Don Guillén que se convertiría en ‘rey de este reino’ y que los indios estaban deseosos de ayudar a su rey… ¡Vaya predicción!


Estas palabras sembraron en la mente de nuestro querido irlandés la duda: ¿sería cierta aquella visión? No olvidemos que Don Guillén se codeó con figuras importantísimas… no era tan descabellado pensarse como un posible virrey de la Nueva España que luego se rebelaba contra la metrópoli para liberar a México. El rompecabezas comenzaba a armarse.


Los delirios de grandeza se intensificaron cuando el propio Don Ignacio le informó que él podía conseguirle 300 arqueros indígenas y una milicia de esclavos de las minas para apoyar su rebelión. Finalmente, el plan terminó de gestarse cuando Don Guillén, ya falto de razón, empezó a clamar que él era hijo del rey Felipe III, el predecesor del actual monarca ibérico. Su tarea era liberar la Nueva España del rey ilegítimo, su supuesto medio-hermano, Felipe IV.


El plan era el siguiente: primero, depondría al virrey actual acusándolo de traición al reino y se impondría a sí mismo como virrey temporal. En ese ínterin, convencería a criollos y autoridades novohispanas para apoyarle en su lucha por la liberación de la tiranía hispánica. Para reforzar su posición, se apoyaría en su milicia constituida por arqueros y esclavos. El plan no tenía fallas. Sólo requería una justificación, que fue la subsiguiente:


El rey de México tendría poderes limitados (incluso podía ser removido, contrario a los monarcas europeos) para evitar la odiada tiranía. Él acabaría con los abusos y finiquitaría el maltrato a los indígenas, así como sus tributos a los españoles. Devolvería las tierras a los antiguos señores indígenas, aboliría la esclavitud, otorgaría libertad plena en su reino con derechos para todos... A su vez, les daría mejores condiciones a los criollos marginados por los peninsulares. Su reino se basaría en la meritocracia y no en el nepotismo oligárquico; habría libre comercio. En suma, México se convertiría en un reino poderoso. Aseguró sobre los indígenas: “they have resigned themselves to the work, and the pain of so much tyranny […] they should with good reason themselves be the rulers […] since the kingdom is theirs”. Él se encargaría de restaurar las leyes y libertades que tenían los indígenas antes de la funesta llegada europea.


Lamentablemente, las intenciones de Don Guillén se vieron frustradas. Ningún criollo lo escoltó al palacio del virrey, pues, cuando reveló su plan a unos cuantos, fue directamente entregado a las autoridades. Nunca hubo tal ejército de arqueros ni de esclavos rebeldes… el sueño se había acabado. El rey sin corona fue ejecutado en 1659.


Del peyote al trono… y del trono a la hoguera. Tal fue el fin de un hombre cuyas intenciones tal vez fueron buenas, pero que, al final, tuvo que enfrentar la dura realidad.


Retrato al Óleo de Guillén Lombardo por Rubens


“Mexico had the potential to secure a place among the most powerful nations on earth”.

Dato curioso: hay una estatua suya dentro del vestíbulo del monumento de la Victoria Alada, nuestro Ángel de la Independencia. Un pequeño reconocimiento para un gran soñador.



Fuente:

Crewe, Ryan. “Brave New Spain: An Irishman’s Independence Plot in Seventeenth Century Mexico”. Past & Present, 207 (2005): 53-87. Recuperado de: <https://www.researchgate.net/publication/249237326_Brave_New_Spain_An_Irishman's_Independence_Plot_in_Seventeenth-Century_Mexico>.

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