Declaración de las canciones oscuras, de Luis Felipe Fabre

Actualizado: ago 12




De como en Declaración de las canciones oscuras, de Luis Felipe Fabre, la forma y la figura se unifican y se hibridan, así como la Historia y la Literatura, de forma en la que el mundo y el texto se hacen, de forma (in)segura, uno mismo desde el momento en que el lenguaje destruye y crea en todo momento, y donde se tratará, desde cierto sentido, a esta novela como juego, elogio y catedral del lenguaje, cuyas larguísimas 151 páginas son pesadas y risueñas como un carnaval, o, también, no se dirá nada en absoluto.


Lo que se puede narrar de un poema, lo que se puede decir de una persona, de una figura histórica, lo que rescatar se puede de la Historia y sus hagiógrafos, experimentar el lenguaje, el cuerpo y el cuerpo del lenguaje: todo esto es explorado en Declaración de las canciones oscuras, de 2019. La historia que podríamos abstraer de esta novela es simple, el camino de Úbeda a Segovia del cuerpo de fray Juan de la Cruz, custodiado por Ferrán, Diego y el alguacil “Juan de Medina Zevallos o Ceballos o Zavallos”.


Las versiones de la historia, o la historia de las versiones o la versión de la historia, son parte importante, sí, en esta novela, pero lo que intriga más al ojo y a su reojo no es totalmente la historia que está leyendo, sino el cómo está contada. Y contadas, narradas y poetizadas, todo en un discurso tan versátil como ubicable, es que leemos las peripecias, atajos, embustes e hinchazones de poeta, de joven penetrado por daga, y de cuerpo transportado, vejado, mutilado y venerado.


¿Qué diferencia hay entre la experiencia mística y la sexual? ¿Qué ardor arde más en su ardimiento sin nombre? ¿O qué cuchillo penetra más, el del cuerpo o el del alma? ¿El alma gime? De los tres grados de reliquias ¿cuál es el más dulce? ¿Qué dice tu cuerpo de su experiencia?

Toda la novela, aunque narrada, transcurre a la par y entre un poema: Noche Oscura, de fray Juan de la Cruz, del mismo cuerpo mutilado y santificado. Y son los versos de este poema, sus canciones declaradas, los que guían la narración y la configuración de toda la novela. Todo en un juego simbiótico meta e intertextual, donde encontraremos capítulos con proemios inseguros de lo que introducen o que dicen más de lo que se expone en dichos capítulos o que son en sí otra línea narrativa paralela al discurso principal de la novela, la historia del viaje de un cuerpo santo y sus custodios.


Y Diego, no este, el otro, “quiso Diego decir que no, suplicar que no, que no le cortara los cojones, que no le cortara la verga, que no diría nada de la verga del fraile, lo de la lengua del fraile, que no diría nada de nada… Y Diego no murió y no era el cuchillo de Ferrán sino la verga de Ferrán lo que así lo hería y atravesaba”.


Declaración de las canciones oscuras, oscurísimas, nos traslada hacia un viaje y un suceso en específico, a finales del siglo XVI, pero tejido y tramado entre la mística, la poesía, la narración y la historia, entre la carne del cuerpo y la carne del lenguaje. Que sin duda nos hace pensar en que El mundo alucinante y las estrategias de Noticias del imperio, por fin y después de tantos años, pueden llegar a tener comparación.



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