De los libros-adorno: la des-librización del canon libresco

Matteo Arias.




Hace unas semanas, visitando la casa de una amiga, me detuve a observar unos libros que se encontraban sobre la mesa de una sala. Lo primero que capturó mi atención fue el tamaño de dichos libros: no muy gruesos, pero sí de un tamaño considerable.


Lo segundo, y más importante, fue el hecho de que estos se encontraran ahí. Simplemente, ¿por qué había libros en un mueble de una sala de estar con un mero propósito decorativo?


Otro día me encontraba leyendo Historia de la lectura en el mundo occidental. Leía que los grandes señores romanos tenían sus bibliotecas privadas para saciar un interés intelectual, pero también para ostentar riqueza económica… como si los pergaminos enrollados y los codex (lo que se empleaba en esos tiempos) fueran especies de joyas o piezas de arte por presumir. Fue en ese preciso instante cuando recordé lo que describí en el párrafo anterior.


¿Con qué fin la gente suele colocar libros de adorno en sus salas y no en la tradicional estantería? ¿Es que acaso las palabras prensadas en aquellas páginas también pueden ser utilizados como “decoración”? Antes de continuar con el planteamiento de estas preguntas, valdría la pena establecer un pequeño marco de referencia.


Como es bien sabido, la lectura es una práctica. Esto es, conlleva un ejercicio que desemboca en una interpretación. Una cosa es “la huella escrita”, y otra muy diferente es la lectura que hacemos de ella, la recepción-apropiación-significación. Cuando un lector tiene en sus manos un texto, se apropia de él, le otorga un significado. Ahora bien, esta práctica lectora es colectiva: leemos desde la sociedad que nos lo permite; leo a la manera de mi sistema social. Yo no puedo leer a Platón como lo hacían los antiguos griegos, lo leo según mis referencias.


En consecuencia, a lo largo de la historia han existido diversas maneras de leer… “Todos quienes pueden leer los textos no los leen de la misma manera”. En pocas palabras, los textos existen por los lectores que los resignifican.


Por dar un ejemplo, Maquiavelo no ha sido leído de la misma forma desde el siglo XVI. Fuera de eso, el libro es un objeto sin más. Otro ejemplo, un billete tiene valor por el usuario que se lo confiere; cuando el billete es descontinuado, se vuelve papel sin más. Así podríamos decir del libro. Hasta aquí claro, ¿cierto?


Retomando el hilo de este artículo. Sabiendo que los libros dependen de las interpretaciones que hacemos de ellos, ¿qué clase de interpretación implica ver un libro como un elemento más de decoración en un hogar? Hay que tener claro lo siguiente: no se trata de la típica revista arrumbada en el típico consultorio del típico dentista para cumplir un fin de entretenimiento para el aburrido paciente. No. Se trata de un libro que está para estar… que rara vez será ojeado para explorar sus páginas en busca de alguna imagen atractiva (porque en la mayoría de esos libros predominan los elementos pictóricos) y luego ser abandonado a su suerte por otras cinco semanas…


Me he preguntado si es esto un síntoma de la racionalidad posmoderna. Me explico: el libro pierde su valor en cuanto tal y se vuelve un objeto cualquiera, como el caso del billete. ¿Qué permite que se banalice o trivialice el libro de esa forma? Hay millones de libros, pero sólo algunos lucen bonitos para acompañar los reconfortantes sillones y la elegante mesa de la sala de estar de un hogar.


Y, si es que, entonces, a un libro se le puede asignar un propósito estético, ¿cómo llegamos a ese punto? Es como si yo tuviera un televisor en mi sala como mero ornamento, sin encenderlo ni nada… pura apariencia. El libro como objeto en sí… no como fuente de saber. ¿Qué nos dice sobre nuestro sistema social el que haya libros de sobremesa? ¿Esta situación nos muestra algo sobre nuestra práctica de lectura, la de nuestra era?


La des-librización del libro.


Tomando en cuenta todo lo anterior, pienso que ver a los libros como una parte más del mobiliario de un espacio desvela una suerte de ligereza, de banalización por la práctica de la lectura como tal. Actualmente, leer se entiende como una acción ligera, en palabras de Lipovetsky, light diría Vargas Llosa… Ya no es esa práctica culta, sacra, detallada, exigente, meticulosa y atenta de hace unos años. Ojo: no digo que esto sea bueno ni malo… nada más es diferente… Hay una nueva concepción de lo que conlleva la acción leer.


Detengámonos a pensar: cada vez salen menos libros por encima de las 400 páginas si no son las novelas olvidadizas de escritores norteamericanos que luego venden sus derechos a productoras de cine mediocres. Los libros se han ido aligerando, se han multiplicado las imágenes en ellos, se han reducido los párrafos… ¡este artículo también está inscrito en esa lógica! La ligereza invade el espacio.


En mi opinión, todo esto es resultado de la nueva racionalidad posmoderna. Una racionalidad marcada por la era digital: la era de la computadora, el internet, la laptop y el smartphone. El tiempo de velocidad y el estímulo, un espacio en constante reducción. En suma, la ligereza en su máxima expresión. Es como si los libros, al convivir con las nuevas tecnologías, hubiesen perdido eso que los hacía ser… o, más bien, el sentido que se les había otorgado anteriormente.


Los

libros

se

desmaterializan:


se funden en la ligereza que invade nuestro espacio público y privado. Nuestra lectura ha cambiado. Pensamos los libros de forma distinta… no sé cómo, pero lo hacemos. Las tecnologías desarrolladas a partir del último tercio del siglo XX suponen un cambio más en nuestra forma de razonar el mundo. Las tecnologías recientes han cambiado eso… incluyendo la forma en que leemos.


¿La cuestión de que el objeto libro cumpla fines estéticos, independientemente de su contenido o valor escriturístico, puede ser comprendida como el reflejo de una des-librización? ¿El libro ahora pierde el fin para el que es creado (la circulación de ideas; la transmisión del conocimiento, el aprendizaje) o, de hecho, es que sí fue creado para ser un vil adorno?


Me resulta muy enigmático pensar en la creación de un libro sólo para ser el complemento de los muebles de un espacio. Suena a una distopía, ¿no?


Pequeño apunte.

Jacques Le Goff señala que, en la “bárbara” Alta Edad Media, algunos veían los libros como tesoros que guardar en cofres. No se trataba de leerlos, sino de atesorarlos. ¿No suena un poco similar?


Bibliografía:

  • Cavallo, Guglielmo y Roger Chartier, eds. Historia de la lectura en el mundo occidental. España: Altea, Taurus, Alfaguara, 2004.

  • Lipovetsky, Gilles. De la ligereza. Barcelona: Anagrama, 2016.

  • Vargas, Mario. “La civilización del espectáculo”. Letras libres, 122 (2009): 14. Recuperado de: <http://www.cashflow88.com/Club_de_lectura_UTB/La_Civilizacion_del_Espectaculo._Mario_Vargas_Llosa.pdf>.

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