De cuerpo y estética

Jimena Balcázar



Mientras experimento estas sensaciones,

estimulo a latigazos mi frenesí para que

suba más y más. Espumea. Deviene artificial

e insincero. Palabras, palabras, palabras...

cómo galopan.

-Virginia Woolf




M A P A

Dedo que recorre el cristal con prisa, desliza y luego se detiene. El ojo que sigue su

recorrido y se marea. Se nubla. El dedo entonces se acerca al ojo y lo frota, lo

mueve, lo estira. Se irrita, no el dedo y tampoco el ojo. La piel. Ante todo la piel

fibrosa y retorcida que se ensucia, un párpado que no sabe cerrarse, que está lleno

de bultos, de pequeños quistes que invaden el territorio de las pestañas.


Corpúsculos que no sienten cuando se caen, cuando se destruyen, cuando

vuelven a nacer. Pestañea y no repara en el instante en que el mundo se vuelve un

cuadro negro. Vuelve a iluminarse la mirada. La pantalla sobre la que el dedo se

desliza exige la inmediatez, lo absolutamente dado, la masa masticada, digerida y

defecada. El dueño de la mano que más bien es pulgar y del ojo que más bien es

esponja sufre de un terrible dolor de espalda. No sabe si lo que causa molestia es

el cuello o el hombro. No se reconoce ni siquiera en lo que punza y palpita. Ignora

sus años, los conoce sólo a través de un reflejo momentáneo.


Continúa dentro del mundo que se da y existe sólo a través del cristal, del

espejo, del filtro. Ve sólo a través de los ojos que primero están hechos para llorar,

los priva de su naturaleza porque la rapidez de su existencia que es puro desgaste

y consumo no permite que se conmuevan. Saborea únicamente con una lengua

educada que no sabe lamer. Con la punta de la lengua, y sólo con ella, conoce la

dulzura. El mundo ocurre rápido y se esfuma pronto. El tacto ha dejado de

codificar datos. Sirve únicamente como frontera entre lo que hay más allá del

territorio que es cuerpo y lo que vive dentro. Lo que está dentro funciona igual que

un mapa en el que todo está señalizado, en donde se indica en qué dirección ver,

por dónde tocar, por qué ruta es más rápido recibir placer. El cuerpo-mapa que

simplifica el territorio para traducirlo en propiedades métricas, planas,

unidimensionales. El cuerpo que no sabe embriagarse más que con la boca del

estómago que arde, el riñón que prolonga su jornada laboral. Garganta que habla,

mano que escribe, cristal que refleja. Máquina perenne, que mueve para ser

movida, que se cree el animal superior, el animal inteligente, el racional. Engranaje

insensible, vertical, jerárquico. Sistema ordenado.





C U E R P O

Pero luego despierta y no siente el brazo izquierdo. Está dormido, completo. Se

golpea, se pellizca con la mano que aún vive, lo levanta, lo zangolotea. Nada. La

piel suda y siente que debajo del pecho hay algo que aún se mueve. Pánico. Revisa

el mapa que es cuerpo y no sabe situar la falta de sensación en ningún lado. Sus

intersticios comienzan a humedecerse, a escurrir. Poco a poco el durmiente se

despabila, hormiguea y, finalmente, renace. Algo ha ocurrido en ese sentir que no

se siente. El portador del cuerpo ha tenido que salir a buscarlo. El límite entre su

territorio y el afuera se ha desdibujado: el mismo cuerpo puede ser una inmensa

exterioridad, puede perderse y escaparse de sí mismo. Una vez que lo ha

recuperado lo atrapa, lo porta con orgullo, agradece llevarlo puesto. El brazo se ha

vuelto cuerpo y el cuerpo, brazo. Los márgenes se han disuelto, se han reescrito,

se ha desordenado la máquina para dar cuenta de sus partes. La piel completa

acaricia las sábanas frías que arrebatan, poco a poco, el calor de su grandeza. Se

eriza. Y cerrando los ojos puede verse a sí mismo, desde afuera se contempla.

El no sentir lo hace notar, por una vez, que siente algo. Y, curiosamente, ese

sentir no tiene territorio. Está en todas partes, en el músculo en el que no se

localiza, en los rincones que no nombra porque desconoce. Se esconde porque se

hace visible, se mira porque ya no puede verse. Se elimina toda jerarquía y pronto

el cuerpo deviene horizontalidad absoluta. Lo que entra por los ojos se convierte

en sabor, lo que entra por la nariz se transforma en imagen del pasado, y ya nada

se dice porque no puede, porque no sabe, porque no basta. La sensación

construye su propio mapa, entra por cualquier orificio y sale por donde mejor le

parece. Se acaba la inmediatez porque ahora el mundo se convierte en fuente,

abrevadero, colina, lejanía, cornucopia, señal, instante, poro y superficie. Mientras

el hombre revivía su extremidad perdida, la extremidad perdida revivía al hombre.

El ojo que antes miraba, ahora sólo sabe llorar. Se ahoga la mejilla, se vuelca el

estómago. Se ha roto el cristal y ahora vive-siente el mundo.


PARA QUÉ LA ESTÉTICA, POR QUÉ EL CUERPO

Desde el cuerpo se (entre)ve el devenir de la vida, del tiempo, de la existencia de la

carne como postura y síntesis de un problema. El cuerpo es, ante todo, inicio y

planteamiento de un problema. Porque el cuerpo es hogar y refugio del dolor, del

deseo, de la siempre inacabada búsqueda de placer. El cuerpo puede ser territorio

y desterritorialización. Es este y no otro. Pero es también aquél en vías de

convertirse en extranjero de su propia carne, en vías de desconocerse por

completo. A través del cuerpo se recibe el mundo, se percibe el vacío. Despertar al

cuerpo significa volver a ser-en-el-mundo.


Estética para pensar en lo visible y en lo háptico. Para reordenar el cuerpo,

para (re)pensar el mundo. Para desechar la inmediatez. Para configurar el mundo

desde lo sensible. Para borrar la frontera cuerpo-mundo. Para ver qué es eso que

nos atraviesa, que nos duele. Para pensar en nuestra experiencia, en nuestras

luchas. Para rechazar el papel que nos ha sido asignado, para descalificar, rechazar

y dejar de ser lo que se espera que yo sea. Para eso la estética. Por eso el cuerpo.

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