Cuentos que sacan moretones


"Al final termina uno acostumbrándose a todo”(Hernández) confiesa el narrador de “Lluvia de trópico”, uno de los 16 cuentos que conforman De fronteras (2007). Ciertamente, en el universo narrativo que construye la salvadoreña Claudia Hernández, los personajes se han habituado, incluso, a la violencia más extrema y la transitan con un inusual sentido del humor que mueve a la ternura: un hombre celebra victorioso haber ingeniado la mejor trampa de cucarachas con su boca, una pequeña juega a la morgue con sus muñecas, una familia se divide los restos del abuelo muerto para juntarlo una vez al año, una mujer entrega a un perro hambriento su lengua antes de suicidarse. Lo absurdo de estas situaciones provoca, en la instancia lectora, una risa que traslada al cuerpo el sentido intelectual del texto. Desaparece la frontera entre el sentido y el sentir.

La anterior no es la única frontera que se disuelve, ni la única que da título al libro. Entre otras, se trabaja excepcionalmente con la frontera del “yo”, el narrador en primera persona, y el Otro, que es distinto en cada relato. Los narradores de Hernández evidencían una falta en ellos que se suple por una otredad, usualmente de orden no-humano. La potencia de este recurso es que al ser suplemento, la diferencia no se subordina al “yo”, simplemente se desborda un cuerpo en otro, se desgarra la piel que separa a la subjetividad del mundo. Un rinoceronte toma el lugar de un brazo, un hombre el lugar de un buey, un vagabundo el lugar de un ángel guardián, un demonio el lugar de un amigo, un buitre el lugar de un vecino, un cadáver el lugar de otro, los muertos el lugar de los vivos. La suplencia ocurre siempre de forma sorpresiva, de modo que se desfamiliariza el orden superficial del mundo, mientras se revela el profundo. En un inicio, podría parecer extraño que la versión infantil de una mujer la invite a jugar “las traes” para sacarla de casa y ocupar su hogar, pero ¿cuánto presente no perdemos por perseguirnos en otras temporalidades?

Otro aspecto que llama la atención es la desacralización del cuerpo. La materialidad de los seres deviene sustancia expuesta, alterable, sujeta a un manejo casi burocrático. El “Manual del hijo muerto”, por ejemplo, instruye: “...proceda a acomodar las piezas en la posición en que se encontraban originalmente y únase mediante costuras desde, por lo menos dos centímetros antes de los bordes, para evitar que se desgarren las partes cuando se transporte o abrace si ocurre un arrebato de dolor”(Hernández). Este documento se refiere al cuerpo como si se tratase de un juguete por piezas. Aun así, no se deja de tomar en cuenta la relación afectiva del usuario del manual con lo que se (re)construye, pues se trata de un hijo muerto. Los excesos de afectividad se contemplan dentro de la norma, son parte de las instrucciones para “ser” humano y esto resulta en un humor que duele.

En estas narrativas el dolor es una constante y el humor solo es un mecanismo para sacarlo a flote, para nombrarlo. El cuento “El abuelo” comienza con este duelo inasible: “... aún no podía acostumbrarme a su ausencia, a la falta de su mirada estática desde las esquinas, al aire sin el olor que el tabaco le había dejado impregnado en los dedos, al silencio de las madrugadas sin sus pies tropezándose con los muebles de la casa a oscuras ni a los almuerzos sin sus historias obsesivas”(Hernández). Las imágenes son indicio de que algo molesta, de que hay un vacío que no se puede llenar; sin embargo, como lectores, no dimensionamos ni el vacío, ni el dolor hasta que aparece la risa, motivada por el actuar absurdo de los personajes. A este joven narrador y a su familia les duele tanto la ausencia del abuelo que desenterrarlo y dividirse el cuerpo parece la única opción viable para encontrar consuelo.

Hernández nos enseña que hay que permanecer en tránsito. Sólo así se encuentra una “...comodidad muy cercana a lo agradable”(Hernández). El desplazamiento no necesariamente tiene que ser geográfico, en muchos casos es simbólico, metafórico, incluso puede llegar a ser ontológico. Pienso, concretamente, en la inclinación del sujeto que propone la filósofa Adriana Cavarero en las jornadas “Cuerpo, memoria y representación”como una de las posibilidades de movimiento que, además, desafía fronteras.

El de Cavarero es un cambio de geometría que implica una reestructuración ontológica. Un sujeto erguido pasa a ser un sujeto inclinado cuando se expone al otro y reconoce que su existencia depende de esta relación. Así, su pregunta fundamental cambia de “¿quién soy?” a “¿quién eres?”. Begonya Saez, una de las recopiladoras y escritoras de los textos críticos de las jornadas citadas, escribe: “el sujeto da lugar al Otro en un diálogo en el que el Otro lo llama y al que, sin embargo, se resiste, pues no se agota en él: ni en el sujeto, ni en el diálogo” (13). Los cuentos en De fronteras abogan, creo yo, por este tipo de inclinación. En la mayoría de los personajes encontramos un deseo de dar lugar al Otro en la narración —de aquí también el recurso de la lógica suplementaria—. Recordemos brevemente esta frase de “Carretera sin buey”: “Quisimos unirnos a su contemplación, estar con él, ver lo que él miraba”(Hernández). Los personajes de este cuento desean compartir su espacio con el animal, pero se resisten al diálogo cuando descubren que quien responde es un Otro, más bien humano, que quiere devenir buey. El problema surge cuando estos sujetos violentan el cuerpo del Otro al castrarlo para que se adecúe a la figura del buey. En este acto se cierra el diálogo y se delimita violentamente a la otredad. No obstante, el relato funciona en tanto que esta conclusión revela la agresividad de intentar definir a un Otro desde un “yo”.

Un último aspecto formal a reconocer es la brevedad de los cuentos —y de las oraciones que los componen—-que urde una poética que golpea. Ya sean golpes de horror, de ternura o una combinación de ambos, los relatos no dejan de impactar a (¿con?) quien lee. Leer a Hernández es poner el cuerpo, es quedarse sin aire de un gancho al hígado, descubrir moretones que, fuera del terreno de la ficción, son invisibles, desnudarse y estar dispuesto a que las palabras nos abran de tajo la piel. Aquí el texto abandona sus fronteras lingüísticas y deviene cuerpo que deja su marca en otros cuerpos.


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