Crónicas de Syd

Fernando Szekely


via: dx.com

Syd Barrett (1946-2006) era un mago. En 1967 lideró a Pink Floyd hacia el mundo de la fama y, en The Piper at the Gates of Dawn, el primer disco de la banda, desarrolló un sinfín de experimentos con la guitarra que hoy en día siguen siendo utilizados por músicos de todo el mundo. Escribió la gran mayoría de las canciones del álbum y le dio al panorama del rock un nuevo ícono -intenso, oscuro y rebelde- que después pasaría a tomar un lugar definitivo en los anales de la música.

Pero Syd Barrett también era un atascado. Y ahí el problema. Después del debut de la banda, su comportamiento se volvió cada vez más errático y desconfiable. Un fanatismo intenso por el LSD terminó por volverlo completamente inoperante en todo lo que se trataba de música. Los miembros de Pink Floyd eventualmente se cansaron de sus lapsos y alucinaciones y, después de lanzar A Saucerful of Secrets, su segundo disco, terminaron por correrlo del grupo.

Ahora Syd Barrett era un mago sin su barita. O sin su capa. O sin lo que sea que haya sido la banda en la metáfora del mago, no sé. Produjo, como solista, The Madcap Laughs (un disco impresionantemente psicodélico en el que hacía uso, casi por completo, de una guitarra acústica y un par de tambores solamente) y Barrett (ambos en 1970). Pero eventualmente se cansó y se retiró de la vida pública.

Desde finales de los 70, Barrett vivió con su mamá. Sin él, Pink Floyd se convirtió en un titán de la industria de la música. Mientras los hombres que escribieron Dark Side of the Moon y The Wall tureaban y se hacían millonarios, él podaba su jardín. Murió en 2006 de cáncer de páncreas. Dos días antes de la final del mundial, además. Pobre tipo. Aunque la verdad quien sabe si le gustaba el fútbol.

Pero la historia de Barrett nos deja con muchas más preguntas que respuestas. ¿Qué habría sido Pink Floyd sin él? ¿Qué habría sido Pink Floyd con él? Si hubiera seguido haciendo música, ¿sería visto hoy como uno de los músicos del siglo junto a Lennon y Hendrix? Quién sabe. Lo único que nos puede enseñar la historia de Syd Barrett es que no hay que hacer drogas, muchachos. O bueno. No hay que hacer tantas drogas.

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