Cazando utopías


I have reached these lands but newly

From an ultimate dim Thule—

From a wild weird clime that lieth, sublime,

Out of SPACE—Out of TIME.

-Dream-Land, Edgar Allan Poe






Las utopías nos rodean a lo largo de la historia: pensamiento o tópico siempre presente, tenemos una necesidad que parece inherente de reflexionar acerca de cómo se vería todo esto que nos rodea si pudiéramos hacerlo perfecto: claro que esta perfección siempre viene desde la visión de alguien en particular, la persona detrás de esta utopía que imagina un universo que aspire a arreglar todos los problemas de su realidad particular. Pero en general las utopías tienen una intención universalizadora, homogeneizadora: son lugares en donde las emociones humanas (nuestra ‘inevitable perdición’) toman un segundo lugar frente a un sistema de organización, distribución y vivienda que se basa más en la sabiduría, en la lógica que permite una condición de vida en donde nadie es infeliz.


Indudablemente, las utopías son constructos que no aspiran a representar una verdad asequible: del griego ou, no, y topos, lugar, representan desde su base lingüística una negación: no-lugar, lo que no puede ser, lo inalcanzable. Frente al mundo que nos rodea nuestra respuesta es idear el no-lugar, sabiendo desde un principio las bases de su creación: no tiene un lugar en nuestra realidad, siempre estará lejano, cada vez más difícil de encontrar, cuanto más ideal con el paso del tiempo en tanto que parecemos alejarnos y alejarnos de aquello que representa.


Sin embargo, las utopías no son algo nuevo ni que responde a la particular y cada vez más distópica (o por lo menos eso parece) realidad que habitamos: la obra de Tomás Moro, primera del género utópico y que le da nombre, fue escrita en 1516, sólo 24 años después del ‘descubrimiento’ del llamado Nuevo Mundo. Aunque hoy en día sabemos que este malnombrado ‘descubrimiento’ realmente no fue el triunfo de la iluminación y el prestigio de la ‘raza humana’ (blanca, machocentrada) que la sociedad hegemónica occidental quiere que creamos, indudablemente en su tiempo representó una especie de época de oro para un sector (caractecísticas ya especificadas) de nuestro mundo. ¿Qué nos dice que, aún en tiempos mucho más alejados de la percepción tan distorsionada y fatal que tenemos de nuestra realidad, Moro haya escrito un texto como la Utopía?


Una posible respuesta es que siempre nos persigue nuestro sentido crítico: Moro fue un pensador innegablemente importante, aún cuando su texto tiene muchas cosas cuestionables frente a los nuevos paradigmas a los que nos enfrentamos desde nuestro particular contexto. Entretener este pensamiento nos lleva al mejor escenario: siempre sabemos identificar nuestros errores como sociedad, como estructura, como sistema, y llevarlos a la literatura como el plano del lenguaje que nos permite disecarlos, exponerlos, proponer una alternativa que atine de manera aguda y precisa a todos y cada uno de estos puntos débiles. Sin embargo, creo que las obras utópicas son precisamente las que nos dejan ver de manera más evidente la subjetividad que escribió y maquinó este no-lugar particular: nada que nos deje ver más de una persona que su idea de un mundo o sociedad perfectos. Esto no significa que la crítica de las utopías sea inválida, pero la idea que tenemos de estas como constants aparatos críticos objetivos que nos han guiado en diferentes etapas históricas y sociales no es lo más valioso que nos aportan.


Enfrentemonos a otra posible respuesta: el idealismo. El idealismo no tiene una reputación positiva en general: siempre es visto como una debilidad, como un desemboque del pensamiento que nos desvía de lo real, lo factible, lo lógico/racional/terrenal, y que, por lo tanto, debe evitarse en la medida de lo posible. Entre las mcuhas consecuencias de un pensamiento con tendencias idealistas podemos encontrar la obsesión, la inconformidad, la infelicidad perpetua, la locura cuando la persona idealista se da cuenta de que ese ideal nunca va a llegar. Se recomienda, por lo tanto, un acercamiento sobrio a los pensamientos idealistas: reconocerlos por lo que son, no contemplarlos, no darles vueltas, dejarlos ir. Todas percepciones válidas: no podemos negar que un idealismo cerrado tiende a causar una gran y eterna frustración. Sin embargo, las utopías son, ante todo, la manifestación clara de un ideal, y más que verlas por sus especificidades técnicas, hay algo intrínsecamente valioso en el hecho de que nos permitimos un ideal. A pesar de saber que esto que estamos ideando es poco realista, lo nutrimos, lo cultivamos, le damos vueltas y lo hacemos lenguaje y literatura y permitimos que exista. Y este sentimiento es lo que muchas veces negamos como valioso: preferimos estar constantemente aterrizadxs en la conciencia cruda de las condiciones que nos rodean que perder el tiempo en juegos de ilusiones y no-realidades. Sin embargo, y a pesar del paso del tiempo, no soltamos las utopías, no soltamos nuestro derecho de permitirnos el idealismo puro, de dejarnos sentir que ese no—lugar, esa Tule de ensueño de la que habla Poe en su poema, puede existir de manera simbólica. Y este símbolo, la esperanza que nos brinda, aunque sea pequeña pequeñísima, tal vez causa un pequeño cambio en la realidad que no hubiera pasado sin esa pequeña entrada a la ensoñación.


Más allá de la crítica social, las utopías tienen un valor como posibilidad, y es por eso que las seguimos necesitando. El idealismo positivo nos permite seguir persiguiendo: no nos va a dar todas las claves ni mucho menos una respuesta clara, pero nos impulsa al cambio más que cualquier diagnóstico de nuestras condiciones actuales. Pensamos porque imaginamos y activamos esos pensamientos porque podemos pensar en el camino a ese ideal. Claro está que ese no-lugar mantendrá su nonidad, pero hay muchos pasos de aquí a Tule, y siempre podemos seguir caminando.



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