Brillosísima ilusión: las desviaciones y manufacturas de las redes sociales



Qué alivio es descansar después de un día exhaustivo. Qué alivio recompensarte dejando que la cálida luz de tu teléfono te inunde poco a poco, perdiéndote en hilos de pensamientos y vidas ajenas. Qué alivio pasar el dedo por la pantalla y ver, una por una, las imágenes de las vidas que quieres y no tienes, los rostros pulidos, los cabellos perfectos y lustrosos, los cuerpos esculpidos, las casas que parece que nunca vas a tener, la cocina iluminada y que crea las recetas más exóticas mientras tú apenas te levantas para hacer una sopa de sobre knorr que acompañas con un gatorade antes de tomar una pastilla para dormir. Qué lindo y tortuoso ver y pensar que algún día estarás ahí. Qué increíble darse cuenta, poco a poco, segundo tras segundo que se gasta en la pantallita, de que nunca va a ser así. Nunca va a ser así porque nada en las redes es realmente real, oximorónico como pueda parecer. Nada nunca es real en esa esfera y no está hecha para soportar una realidad, sino para incrementar la ilusión de la misma, y que con esta ilusión nos peguemos poco a poco a la pantalla, caracoles lentamente consumiendo las migajas de esperanza que se nos pegan en nuestro viaje digital.

Primero cabe aclarar: cada persona es libre de subir lo que quiera a sus redes sociales, y evidentemente siempre vamos a subir lo que nos conviene. Hasta le influencer más genuine, hasta ese influencer que se dedique al activismo en redes y a la muestra de lo ‘real’ detrás de las ilusiones, está de alguna manera u otra manipulando el contenido que sube. Sí, hasta la persona que sube fotos de su cutis real y no cuidado por faciales y exfoliaciones no eligió cualquier foto de su cutis ‘real’ para subir: es una foto cuidada, una foto seleccionada, una foto que se denominó que pertenece en esta red social de alguna manera u otra. No se trata de asignar culpas individuales o de que admitir esto nos haga más o menos moralmente correctos: simplemente tenemos que aceptar que las redes sociales no están hechas para retratar una realidad, o, primeramente, cuestionarnos cuándo estamos realmente frente a la realidad ajena. Cualquier realidad ajena nos es infinitamente inaccesible: No podemos accesar al mundo otro, al mundo de le otre, sino por lo que otres nos cuentan de la misma, y esta transmisión, sea por redes, sea por lenguaje, sea por gestos desesperados, siempre nos es inalcanzable. Sólo tenemos acceso a nuestra experiencia de la realidad, frágil como es desde un inicio.

Entonces, ¿por qué escribir este artículo que sólo nos recuerda lo que sabemos y no queremos escuchar? Creo que, en apocalípticos y difíciles tiempos recientes, la ilusión de intimidad y nostalgia que tenemos con ciertas esferas de las redes, llámense influencers o llámense el blog que sube recetas de cocina que guardas y que nunca vas a cocinar, nos ha atrapado un poquito más, nos ha asfixiado con una mano más fuerte. Y creo que eso nos lastima y nos vulnera y nos entristece. La ilusión colectiva del éxito, de los rostros pulidos, de la perfección, de la felicidad, la estabilidad, el amor verdadero, nos está hundiendo. Y no me interesa culpar a individuos, sólo recordarnos, de manera colectiva, y recordarme a mi también, que la nostalgia y la perfección son la mercancía por excelencia del siglo XXI, y que a veces alejarse, respirar, consumir sabiendo que cada cosa que vemos en redes está cuidadosamente elegida y cuidada por quien crea ese contenido es una manera de resistir. No se trata de dejar las redes por completo si no es lo que queremos, sino de jugarlas como el juego de espejismos y de creaciones ópticas que son.

Y más allá de resistir, es querernos. Querer trascender aquello que las grandes macroempresas han creado para nosotres, aceptar lo que no es real, y quedarnos con lo bueno que nos dejan de alguna manera u otra. Quedarnos con las amistades reales que hemos hecho a través de redes más que con el rencor de no llevar la vida de x o y persona de internet, porque esa persona tampoco lleva la vida perfecta que crees que lleva. Y está bien. Poco a poco podemos ser más felices en redes, pero personalmente no creo que llegue si no empezamos a deshacernos de la ilusión de que podemos ver la realidad ajena, y aceptar que, como todo, es una creación. Y crear con ella, crear desde lo bueno que nos permite la creación, hacer una ficción más cálida, aceptar la ficción ajena. No sé, tal vez la pasemos un poquito mejor la próxima vez que nos metamos a Instagram.


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