Crónica: Lunes, 21 de noviembre de 2022, Black Midi y su teatro fagocito





To see the bruised neck I wrecked

Immortalized in print

-“Dangerous Liaisons”, Black midi



Atascados, sensibles y dramáticos, el cuarteto británico Black Midi rompió la escena con un evento que dejó estragos en oídos, músculos y sensibilidades de cualquier tipo. Todo en lunes de asueto, por supuesto, 21 de noviembre de 2022, aniversario de la Revolución Mexicana.

La imagen de Yoshua Ramírez destellado, bailando, con playera blanca y corbata azul, se quedó quemada en las córneas de mis ojos por el estroboscopio. Luis “Jace Eleven” Díaz dejando su cuerpo en el moshpit que parecía la boca negra, roja y azul de una bestia sin nombre. Luz la “Helveticrack”, Victor Palacio y Andrea Gutierrez moviendo sus vectores en la multitud y mediante las ondas de las bocinas, que sondeaban cada centímetro del cuerpo de les presentes. Mientras, todes alucinaban alta modernidad.

Desde el momento en que se abrieron las puertas del recinto, incluso antes, desde la fila de personas en las banquetas del edificio, el ambiente se sentía moderadamente tranquilo. Lleno de personalidades y vestimentas disidentes, maquillajes extravagantes, looks tradicionales y cómodos. El Frontón inauguró su escenario con el hipnótico acto de Tajak; agrupación musical oriunda de la Ciudad de México cuya habilidad para poner en trance a les espectadores mediante un ambiente de éxtasis melancólico, sombrío, ruidoso y melódico sirvió como introducción para la bacanal que le siguió.

Geordie Greep en la voz y guitarra, Morgan Simpson en la batería, Cameron Picton con el bajo y voz, Seth “Shanko” Evans en los sintetizadores y teclado; Black Midi, pues, entró con la fuerza necesaria para hacer del público un amasijo de gritos y carne. Entró para armar el moshpit poco a poco, con su atolladero de voces, efectos e instrumentos. Para reafirmar que son el centro gravitatorio de un tipo de pérdida de sentido y arrebato propiciado por el atascadero dramático y la improvisación diabólica en los temas que tocaron: “The Magician”, “Dangerous Liaisons”, “Sugar/Tzu”, “Chondromalacia Patella”, “John L”, “Speedway”, entre otros.

Cuando entré al dicho moshpit, varias personas golpearon mi cuerpo y yo el de otras, pero fue un solo golpe en las costillas lo que me destronó la respiración. Desde ese momento la fuerza de gravedad se tornó siniestra y placentera gracias a los movimiento bruscos y a los porrazos que indujo la música que salía de las guitarras, del bajo, la batería, los sintetizadores y las voces en el escenario.

Horas antes, Yoshua temía que el concierto lo decepcionara. Tal vez por lo que significa para él, y para mí, la creación musical de esta banda: un vistazo a la otredad, el punto exacto donde la música, los ruidos, los sonidos pierden sentido, y en esa pérdida forman otro que no se puede explicar, por el momento. Tal vez por lo efímero que siempre son tales eventos; tal vez porque a veces los nervios y la emoción rebasan al objeto o suceso esperado.

Pero Black Midi, más que dejarnos con las ganas o ser efímero su performance, nos dejó algo rotes, con los espasmos del orgasmo musical, con la cara ida y sin creernos por completo lo que pasó frente a nuestros ojos, piel y cuerpo. Su performance nos dejó atascades en medio de dos atmósferas, la mística y la erótica, gracias al arreglo musical, a la poesía de sus letras y el esfuerzo de sus cuerpos.

Black Midi, sin duda, con su atascadero, atolladero y teatro fagocito, nos dejó cayendo en picada, sin salida y con la pregunta de ser entidades entre entidades. Y no hubo doctores en la escena, “the audience won!” (“Sugar/Tzu”), y los integrantes del cuarteto británico se llevaron, quemada en sus córneas y en su sudor, la imagen del monstruo que crearon.

Diegardo Corgóngora. Jueves, 24 de noviembre de 2022.





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