Beksinski: el miedo, la figura, la infancia



Al acercarnos por primera vez a una nueva obra de arte (por ejemplo, una pintura) nuestra primera intuición es querer descifrar el mensaje que el artista inscribió en ella, un significado escondido tras capas de significantes que componen a la obra. Muchas veces esto puede llegar a funcionar. Si bien el carácter subjetivo de la interpretación de una obra no se niega, podemos encontrar que es muy común la existencia de interpretaciones establecidas como las “correctas”, detalladamente explicadas en la ficha convenientemente colocada junto a la obra expuesta en el museo. La obra se vuelve un objeto profundo, un tanque de agua opacada por la mugre simbólica que son la metáfora, la metonimia, la hipérbole, etc. La ficha nos ofrece una versión del mismo tanque, pero con agua perfectamente transparente para que podamos ver lo que hay en el fondo sin problema alguno, convirtiendo a la obra como tal en un objeto redundante. Podemos imaginar de esta forma una exposición en un museo sin pinturas ni esculturas, estas en vez reemplazadas por sus fichas respectivas para hacer más eficiente el uso del espacio de la sala y ahorrarle tiempo a lxs espectadorxs. Sin embargo, quizás podamos (y hasta puede que sea más provechoso) negar la profundidad de la obra de arte, optando en vez por la capacidad que puede tener la obra de conjurar sensaciones que pensábamos olvidadas.




0026 de Zdzislaw Beksinski. Recuperado de: http://muzeum.sanok.pl/en/zbiory/zdzislaw-beksinski/malarstwo



La obra de Zdzislaw Beksinski, particularmente las pinturas de su llamado “periodo fantástico”, es una que me ha atormentado y fascinado constantemente. A pesar de que los objetos de sus pinturas no son como nada que pudiéramos encontrar en el mundo, evocan en mí sentimientos y sensaciones que me recuerdan a mi niñez. Una pintura destaca en particular: la pintura, como muchas de Beksinski, no lleva formalmente un título. En vez, ésta es identificada mediante la cifra 0026. En la pintura se retrata una construcción similar a una catedral, un edificio que cuenta con dos torres laterales. A pesar del obvio parecido, sería imposible confundir esta edificación con una verdaderamente existente. La “catedral” pareciera estar tallada de piedra de manera que aparenta estar compuesta a partir del apilamiento de innumerables huesos humanos. La pintura (como muchas otras de Beksinski) evoca sensaciones ligadas al temor, la ansiedad, el suspenso; sensaciones provenientes del encuentro con lo familiar-tornado-extraño. En otras pinturas de Beksinski, vemos el protagonismo de criaturas cuyos cuerpos comparten semejanzas con el cuerpo humano mediante la presencia de rostros y extremidades reconocibles. Sin embargo, los rostros están deformados en muecas siniestras, los brazos alargados más allá de sus debidas proporciones.




Zdzislaw Beksinski. Recuperado de: https://wooarts.com/zdzislaw-beksinski-gallery/nggallery/image/zdzislaw-beksinski-painting-wooart-06/


Es posible vislumbrar parcialmente las reglas que operan en el universo creado por el artista: se distingue al depredador de la presa, a las tumbas de los lugares de culto, las construcciones muertas (sean o no construidas a base de material inorgánico) de los organismos vivos; sin embargo, el vislumbramiento es parcial. Las pinturas de Beksinski presentan un mundo lo suficientemente extraño para causar temor, y lo suficientemente familiar para reconocer que hay mecanismos (más o menos) coherentes que lo gobiernan. Este juego entre lo familiar y lo desconocido, entre lo habitable e inhabitable, que forman la categoría estética de lo unheimlich; uncanny en inglés y comúnmente traducido al español como siniestro u ominoso. Es importante notar que lo unheimlich es una categoría estética, no narrativa, no es posible evocarla a través de mecanismos de progresión temporal, sólo se presenta a través del momento de impresión que se logra cuando lxs espectadores se sitúan frente a la obra o fenómeno que evoque las sensaciones ligadas a esta categoría.





Zdzislaw Beksinski. Recuperado de: https://wooarts.com/zdzislaw-beksinski-gallery/nggallery/image/zdzislaw-beksinski-painting-wooart-06/


Gilles Deleuze, en un texto dedicado a la obra de Francis Bacon, dice lo siguiente sobre Marcel Proust al hacer una comparación entre ambos artistas:


Proust, en efecto, no quería una literatura abstracta demasiado "voluntaria" (filosofía), y no daba ventajas a una literatura figurativa, ilustrativa o narrativa, apta para contar una historia. A lo que tendía, lo que quería alcanzar un día, era una especie de Figura, arrancada a la figuración, despojada de toda función figurativa: una Figura en sí, por ejemplo la Figura en sí de Combray. Hablaba de "verdades escritas con la ayuda de figuras". Y si se confiaba en muchos casos a la memoria involuntaria, es porque ella, contrariamente a la memoria voluntaria que se contentaba con ilustrar o narrar lo pasado, conseguía hacer surgir esta pura Figura. (1)


¿Qué es esta Figura pura de la cual nos habla Deleuze? En un contexto filosófico, hablar de una figura “pura” nos pudiera remitir a Platón, el cual sostiene la existencia de las eidos (2) de todo objeto en el mundo independientemente y anterior a la existencia de sus contrapartes materiales. Todo objeto tiene una eidos de la cual participa de manera imperfecta (ej. toda silla existente participa de la idea de silla, pero sin producirla de manera perfecta, dándonos una diversidad de objetos distintos que participan de y son reconocidos como sillas por su “sillaeidad” a pesar de tener algunas cualidades distintas entre sí).


Sin embargo, la teoría platónica es demasiado voluntaria y abstracta para ser a lo que aspira Proust en su literatura. La cita anterior parece apuntar a algo anterior a la conceptualización cuando se habla de esta Figura, a algo mucho menos formal y claro que lo que sucede en textos que trabajan propiamente con conceptos (como lo son los textos filosóficos). Adicionalmente, la Figura no parece ser algo que existe independientemente de alguna contraparte material, sino que parecería que ésta es conjurada por la obra o el fenómeno estético. Lo que sí es que la Figura sucede anterior a la relación lógica con y entre objetos (en el caso de Platón, hay una relación identitaria entre eidos y objeto), permitiendo que objetos completamente distintos entre sí estén asimilados en el plano de la Figura. Anterior al tiempo, anterior a la conceptualización, está la(s) sensación(es) conjurada(s) por el objeto.


Es la Figura la que permite a Proust llevarnos de una noche de sueño intermitente a su hogar de niñez en Combray, y es este mismo plano el cual nos permite reconocer algo familiar que se ha tornado muy mal en las pinturas de Beksinski. Comúnmente se le atribuye a Beksinski una desconfianza y un desdén por quienes formulaban un significado claro a partir de interpretaciones de sus obras. Sobre ello, expresó que le era “… imposible concebir [la posibilidad] de un juicio sensato mediante la pintura” (3). A pesar de ello, los cuadros de Beksinski no son sólo referencias a sí mismas, nos llevan a través de sendas familiares que han sido deformadas, regresándonos a un estado de encantamiento y miedo en un mundo que aún no hemos logrado descifrar del todo. Quizás, en vez de buscar un mensaje escondido en la pintura, sería más provechoso dejar que las sensaciones ligadas a su Figura nos lleven tras las sendas del terror, la ansiedad y la fascinación de la niñez. Quizás, la única profundidad que tiene una obra artística es la que se nos refleja al observarla.





Zdzislaw Beksinski. Recuperado de: https://wooarts.com/zdzislaw-beksinski-gallery/nggallery/image/zdzislaw-beksinski-painting-wooart-06/



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