Autobiografías musicales: apuntes sobre la curaduría personal de listas de canciones

Simha Harari Cheja


Estos días he estado atorada dentro del escaso repertorio de las canciones que aparecen en mis «añadidas recientemente». Cada vez que me dispongo a escuchar música, ya sea de camino al trabajo o al llegar a casa, mis dedos buscan casi de manera automática esa lista de seis o siete canciones que mi cerebro ya conoce a la perfección. Seguro que es sintomático de mi tendencia repetitiva: suelo protegerme de la extrañeza con la tranquilidad de lo familiar. Y eso parece funcionarme, pero solo hasta que dicha tranquilidad se topa con el tedio, que me hace ansiar algo diferente. A pesar de eso, no me basta con poner música nueva sin más; necesito algo que se adhiera a mí de alguna manera, algo que sea digno de ser repetido.


Nunca sé con qué criterios elijo esos contenidos acreedores de toda mi atención. A veces encuentro canciones que sé que probablemente habrían acabado en esa infame lista de añadidas si las hubiera escuchado una versión pasada de mí. Y me sorprende descubrir que carecen de ese pegamento afectivo para mi yo actual. No es algo voluntario; la música que repito se va ensamblando a sí misma como si fuera un sueño recurrente, plagado de indicadores que mi pensamiento consciente no registra de otra manera.


He vivido este tipo de procesos a lo largo de mi vida: colecciono música al tiempo que colecciono afectos, reflexiones y experiencias. Cuando cambio de opinión, cambio también de sensibilidad; si mudo la piel, mi oído se transforma con ella. Quizá a partir de esto podría decir muchas cosas, no solo sobre mí, sino sobre las formas en que la vida y el arte están entrelazadas. La música, en este caso, es un elemento que configura mi entorno sensible y, a la inversa, mi entorno sensible determina qué música se adhiere a mí.


Pero retrocedamos un poco: ¿qué quiere decir que algo se adhiera a mí? ¿Por qué algunas cosas lo hacen con facilidad y otras no? Tiene que ver con el afecto, como dije arriba. Sara Ahmed, una de las principales autoras de lo que en filosofía se ha conocido como el giro afectivo, plantea que es posible pensar al afecto a través de su cualidad pegajosa (o sticky).


En su artículo, Happy Objects, ella habla de que esa cualidad es lo que mantiene o preserva la conexión entre ideas, valores y objetos. Por eso ciertas cosas se instalan en nuestra esfera cercana, y el mundo que toma forma a nuestro alrededor se va moldeando; se va convirtiendo en un mundo de cosas familiares. Sara Ahmed describe esto como un «horizonte corporal» que se va construyendo mediante las cosas que se adhieren entre ellas y a nosotros: “Algunas cosas llegan a gustarnos, y esto incluso podría determinar cómo somos nosotros. El horizonte corporal podría redescribirse como un horizonte de objetos que nos gustan: tener gustos significa que ciertas cosas se reúnen a nuestro alrededor” (Ahmed, 2011, p. 32).


Yo interpreto este concepto de «horizonte corporal» como algo móvil, cambiante, e incluso paradójico. Las cosas que se reúnen a nuestro alrededor van transformándose, su pegamento afectivo se intensifica y se atenúa según el momento. El tipo de afecto que nos mueve hacia ellas cambia. Por eso, nuestro horizonte corporal también tiene una historia; está compuesto por las partes temporales de lo que hemos sido, lo que somos y lo que quisiéramos ser. Eso es lo interesante de la música que coleccionamos: las canciones que elegimos se vuelven nuestro horizonte corporal.


De todo esto surgen dos consecuencias. La primera es una invitación a escuchar y seleccionar música, a crear archivos autobiográficos sensibles. Y también a considerar los que ya existen desde esta clave. Es una invitación a regresar a las canciones que escuchabas cuando pasaste por tu primera ruptura; o a las que te acompañaron mientras tenías sesiones maratónicas de escribir la tesis. Quizá te encuentres a ti mismx de nuevo en ellas, o quizá descubras que ya no son parte de tu horizonte corporal, o por lo menos no de la misma manera. Si las tomamos como tal, nuestras listas de reproducción son expresiones palpables de las vivencias que nos han atravesado. Podemos rastrear nuestra historia en la historia de nuestros gustos musicales.


La segunda es un traslado de los criterios para evaluar al arte, o a todo contenido sensible (incluida la música). Es decir, si nos tomamos en serio lo anterior, podríamos reemplazar el criterio estético de «buen gusto contra mal gusto» por criterios afectivos. En lugar de preguntar si una canción es buena o mala, tendríamos que preguntar por su capacidad de adherirse. ¿Por qué esta canción en particular se adhirió a mí (stuck with me)? De esta forma el estatus de cualquier contenido artístico pasaría a segundo plano; nos enfocaríamos en su potencialidad de configurar horizontes corporales únicos, y no en su supuesta calidad objetiva (que de paso suele estar informada por ideas clasistas de la «buena» cultura). Sería mucho más interesante tener conversaciones sobre música desde este ángulo.


Michel Onfray, en su Crítica de la razón dietética, propone el concepto de autobiografías alimentarias. Se trata de una modalidad de la escritura que concibe al pensamiento, la vida, el cuerpo y el estilo como elementos que están en un mismo continuo: “Toda cocina revela un cuerpo al mismo tiempo que un estilo, si no un mundo” (Onfray, 1999, p. 9). Pues bien, pienso que es posible responder con el concepto de autobiografías musicales. Las listas de reproducción también revelan cuerpos, estilos y mundos.



Fuentes:

—Onfray, M. (1999). El vientre de los filósofos: Crítica de la razón dietética. Buenos Aires: Libros Perfil.

— Sara Ahmed. Happy Objects, en Gregg, M., & Seigworth, G. J. (2011). The affect theory reader. North Carolina: Duke University Press. pp. 29-50


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