Arte carnal - Orlan


Jimena Balcázar



De ahora en adelante puedo ver mi propio cuerpo abierto sin sufrir.

Puedo verme hasta el fondo de las entrañas, un nuevo estadío del espejo.

Puedo ver el corazón de mi amante y su diseño espléndido no tiene

nada que ver con los rebuscados simbolismos dibujados habitualmente.

Mi amor, amo tu hígado, adoro tu páncreas, y el diseño de tu fémur me excita.

-Orlan en “Manifiesto del Arte Carnal”.


Aquí hay una mujer que decide convertirse en otro. Se trata de una mujer con el mentón y la barbilla de la Venus de Botticelli, la frente de la Mona Lisa de Leonardo, la boca de la Europa de Boucher y la nariz de Diana, la Diosa romana de la luna. Orlan es una artista francesa para quien el lienzo y el mármol son el cuerpo mismo, para quien el bisturí sustituye al pincel y al cincel.


Su arte consiste en la transformación del cuerpo a través de la cirugía plástica como expresión de una crítica a la belleza y a la manera de entender la alteridad. En su obra, The Reincarnation of Saint Orlan, las cirugías se encargaron de (des)figurar su rostro, de re-figurarlo. Esta persigue, junto con una lectura poética, devenir el teatro de la crueldad de Artaud. Así, lejos de buscar un acercamiento a la belleza, Orlan busca la diferencia; lo que queda fuera o más allá de la norma. ¿Cómo incorporar a la noción de “normalidad” aquello que ha sido, desde siempre, diferencia? Desde la camilla, ella pasa de ser mujer a ser hombre, del extremo de lo bello al rincón de lo grotesco, de ser artista a ser obra de arte. Orlan parte de una mitología de lo “femenino” —en lo que a la belleza se refiere— que encuentra particularmente masculina (masculinizada, masculinizante) para combatirla, desafiarla, cuestionarla y destruirla.





La artista observa que a lo largo de la historia de las civilizaciones se han creado, diseñado y manipulado los cuerpos —a través de la configuración de los cráneos, de los cuellos y los pies; en el estrabismo como accesorio, en la nariz falsa como símbolo de prestigio—, del mismo modo que se ha hecho con nuestros pensamientos, deseos y sexualidad. La belleza, lejos de ser divina, es profundamente humana; alcanzable únicamente a través de una lucha contra los cuerpos que, al nacer, nos fueron asignados. Con esto, la identidad que gana durante la cirugía no es la que perdió y, contrario a lo que parece, no se somete nunca a un juego de vida o muerte: es un juego de tener identidad o perderla por completo.


Esta manera de disponer del cuerpo es posible sólo bajo la creencia de que no es ahí donde se encuentra lo fundamental de ningún ser humano: Orlan deambula de una banalidad a otra porque entiende que el cuerpo puede destruirse y reconstruirse sin alterar nada más allá de eso; la carne.


“La piel decepciona.

Reventar el saco de piel no garantiza

necesariamente un buen resultado.

No obtienes nada más.

Sin embargo, revela el alma.

Es lo que se rasga,

se separa,

se corta

para engendrar, en una palabra,

la “natura” o el manto rasgado.

Es abrumador que el hombre

trata a la piel como si fuera cosa barata.

Pero la piel significa demasiado:

La derramará

a la menor provocación”



Orlan dialoga con la carne, afirma que no se trata de convertirse en un cuerpo que sufre, sino que es el mismo espectador quien le agrega sufrimiento a la obra al verla sometida. Resulta interesante ver cómo gente suele desviar la mirada al verla así, abierta y llena de sangre, de líneas y objetos punzantes atravesando la piel, cuando en el fondo eso es lo único que hay detrás del anhelo de perfección y belleza. Eso es exactamente lo que se pide cuando se aplican las normas sobre la expectativa del cuerpo: sometimiento y dolor que, más tarde, devienen naturaleza. No son fenómenos aislados; antes de llegar a la felicidad tan anhelada hay una batalla que sólo puede entenderse de dos maneras: o se toma como dolor, o se asume como exhortación de vida.






La obra entiende bien que el pensamiento de Occidente se ha regido por dualidades en las que sólo existe una respuesta que ha de tomarse por absoluta [lo bueno o lo malo, lo bello o lo grotesco, la norma o la diferencia]. Ella no se rige bajo esos términos. Su trabajo no se trata de elegir, no es un “o” sino que es un “y”: las dos realidades pueden cohabitar y coexistir, las dos pueden reunirse en un mismo cuerpo capaz de soportar ambas porque, en el fondo, vivimos y nos movemos en esos términos. Cuando nos hallamos ante la elección que no puede dejar que la contradicción sobreviva, instalamos una ideología dominante para la que el cuerpo es profundamente político. En cambio, en la posibilidad de no escoger está el fin de una batalla, la oposición y la calma.


Es en la permanente contradicción en donde es posible la coexistencia absoluta; en la mujer cyborg que puede convertirse en quien sea, en lo que sea, una vez que se apropia de la flexibilidad del cuerpo. Orlan no es el “Otro” de manera vagabunda; lo es de manera absoluta si partimos del hecho de que el cuerpo se ha vuelto indispensable y protagónico según las prácticas discursivas que nos atraviesan. La diferencia entre la intervención del cuerpo vista desde la idea del Reality Show y la que nos ofrece Orlan consiste en el fin que se persigue, ya que mientras que en el primer ejemplo se trata de utilizar el cuerpo como medio al considerarlo fundamental con el objetivo de caer en la norma, el segundo se trata más bien de, sí, utilizar el cuerpo como medio, pero sólo en tanto que se considera pasajero y relegado a un papel secundario, con el objetivo de frenar la pedante idea de la norma.

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