Aparecer: 'Apariciones', de Margo Glantz

Actualizado: ago 13



La historia tratada aquí no es simple, es algo disruptiva, incómoda, puede llegar a tocar o herir algo de quien lea Apariciones, de 1995.


Una madre, tú, y su muy posible amado, él, amo y señor, y un tercero, una testigo, quien vea, imite y se percate, la niña. Todo esto alimentado de Bataille, Lacan, incluso el Anti-Edipo.


La madre y el amado, él, como caballo y yegua montados, gozan del sexo y, sobre todo, de ser vistos por la niña cuando tiene sexo. La mirada de ella, la pequeña, electriza y hace más profundo y palpable el orgasmo de ambos.


Y tú ¿te gusta ser miradx, cierras los ojos cuando estás y vas, y respiras y vienes, te agitas?

Pero también hay otra historia, que custodia a otra más: una escritora que va urdiendo la vida y los pechos que sienten a otro amado, Jesucristo, una monja coronada.


La madre, el amado, la niña; la escritora, la monja; el deseo, el placer, el gozo.


¿Gozas?


En todo Apariciones podemos notar, implícitamente, varios aspectos inquietantes. Uno de ellos es el hecho de que, en palabras de Lacan, el deseo no puede ser nombrado. Jamás se podrá definir, ni con dos o diez palabras, lo que se desea; ya que simplemente es, se apunta y no nombra.


Y en apariciones, ese apuntar del deseo, sin nombrar, va de la mano con el vaciamiento que es el decir y escribir algo: las palabras rodean las cosas, no las tocan ni las hacen estar.


El deseo de la madre, mientras cogen como caballos ella y el amado, está atravesado por la mirada de la niña, que añade electricidad al acto.


Nombrar a la monja, para la escritora, no solo es poner un nombre y un apellido compuesto seguido de fecha de nacimiento y jerarquía eclesiástica, sino también tocarse los pezones, ponerse cómoda, sentir su sexo y presenciar lo que sería una visión: escribir a la monja.


Y tu ¿cada vez que te mueres qué tratas de nombrar, a qué o a dónde apuntas?


Y otro, que va de le mano del fantasma, los fasmas y la aparición: la imagen. La imagen dentro Apariciones, va como reflejo en rebote y rebote entre varios espejos: el de quien lee, quien escribe, quien narra, quien ve, quien hace.


Todos estos, espejos actanciales. Si te ves en uno te reflejas en otro, rebotando y preguntándote. La imagen que rebota va desde los pechos amamantando en divino éxtasis al amamantar de una madre que conecta su máquina (su pezón) a otra (la boca de la niña) como fuente de energía; desde el sexo como acto animal que arde, quema y molesta placentero, hasta la elevación mística que arde y eleva; la imagen de quien dice que alguien hace algo y de quien hace algo.


Todo esto tomando en cuenta el hecho de que quien ve es visto de vuelta.


En Apariciones encontraremos, bajo la segunda, primera y tercera personas del singular, la encarnación de un verbo mundano y otro divino, que sin más se difuminan entre sí, convirtiéndose ambos en deseo. El fallo de este libro es su acierto: apuntar sin decir, describir, narrar sin certezas más que el alivio de explotar de palabras.


Gracias Mariana. Te amo, y me quema, dulzona y felizmente.





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