Antropología de lo infraordinario

Alejandro Adame


Las formas clásicas de llamar al diario (diario personal, diario íntimo) no son gratuitas. Si la literatura está al servicio de la lengua, el diario está al servicio de la vida; si la literatura dialoga con otras literaturas, el diario dialoga con el tumulto de la vida fuera del texto; si la búsqueda del estilo en literatura está en la originalidad del lenguaje, en el diario está en la originalidad de las vivencias. Aunque el diario se considere como un género literario, no cabe duda de que se sale, marginado, excluido, de la familia tradicional de los géneros.


En él vibra más realidad y menos juego, más materialidad y menos lenguaje. ¿Hasta qué punto un diarista escribe para vivir o vive para escribir? ¿Quién define la frontera entre escritura y vivencias? ¿Se puede controlar?


Los diarios, más que lecturas o proyectos apasionantes, son compañeros. Es una puerta que se abre hacia una vida paralela, de tu propia vida, escrita en cuadernos, y de otras vidas, perdidas en algún punto fijo del pasado, que uno revive con la lectura. A diferencia de la lectura atenta de otros géneros literarios, leer diarios es como estar conversando con un amigo, tomando cerveza y fumando, mirando tal vez el cielo e interrumpiendo a cada rato, relajado, al servicio del flujo de la conversación y del tiempo. Como con el amigo, uno escucha la anécdota y pone atención a los detalles que le parecen relevantes e ignora los que no y va escuchando la trama, poniendo atención pero sin esfuerzo. Hay veces que, en la lectura, al igual que con el amigo, algo te engancha y te pone tenso, algún tema apasionante, algo de política, alguna noticia fuerte; entonces la lectura se vuelve atenta, como la conversación: discusiones, sentimientos encontrados, argumentos. Leer un diario es conversar con la vida del otro. Leer un diario es entrar y salir del texto. Es tener alguien a la mano con quién hablar. Y no se agota, como tampoco se agotan las anécdotas repetidas que cuentan los amigos, en las mismas casas, que son como escenas repetidas a lo largo del tiempo.


¿Qué se escribe en los diarios? Evidentemente no hay reglas y el único contrato que han firmado es el de los calendarios. Es acaso lo único que lo caracteriza como género: la escritura a través del tiempo. En el diario cabe todo; cabe, y sobre todo, como dice Georges Perec, lo infraordinario. Es lo contrario a las grandes preguntas filosóficas y científicas, que siempre han apuntado a lo extraordinario, a lo notable, a lo que se sale de la normalidad y de la cotidianeidad. Pero el diario, como dijimos, se sale también, solo que en sentido inverso. No le interesa lo extraordinario, le interesan los detalles que ya no volteamos a ver, víctimas de la costumbre, pero que están en todos lados, observándonos, existiendo como objetos y rutinas en el mundo. Se cuestiona el ser pero no las cucharas; el espíritu pero no los vasos; la naturaleza pero no los diferentes sabores del té. Levanto rápido la cabeza y veo todo lo que está a mi alrededor: una botella de cerveza vacía, sillas, lámparas, pinturas, adornos exóticos, plantas. ¿Hace cuánto no era consciente de mi entorno cotidiano? ¡Una antropología de los objetos! ¡Una metafísica de lo que nos rodea todos los días!


El diarista se refugia del mundo, de las grandes promesas, de las supuestas ilusiones venideras, de las respuestas absolutas; el diarista está fatigado del mundo y encuentra en la escritura cotidiana otro mundo, otra forma de estar, una hiper observación sin sentido, sin fin. El diarista es el célibe, el soltero por excelencia, el solitario. El diario es el depósito que recibe los deshechos individuales, es el laboratorio de la sinceridad. ¿Cuántas formas hay de ser sincero? ¿Cuánto tiempo tienes que intentar para llegar a una sinceridad auténtica? Es una lucha disfrazada de banalidades: la escritura del que observa cosas que los grandes discursos ignoran y que terminan siendo comunes y generales. El diarista es un héroe que se pone una máscara de fracasado, pero que es el único que se atreve a explorar otras formas de observación y de enaltecimiento de cosas que llevan muertas mucho tiempo para los ojos comunes.





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