A Clockwork Orange: La obra maestra de Stanley Kubrick

María Roqueñi


via: Plantando Libros

En 2018, la palabra "Kubrickian" se agregó al Oxford English Dictionary, que significa poseer "perfeccionismo meticuloso, dominio de los aspectos técnicos de la realización de películas y estilo visual atmosférico". Para Stanley Kubrick, la atmósfera lo era todo. En 2001: Una odisea del espacio, el silencio y el vacío amplifican la inmensidad del universo y nuestra propia insignificancia. En Dr. Strangelove, la claustrofobia ilumina lo absurdo de cómo pequeñas acciones podrían provocar el apocalipsis. En A Clockwork Orange, la magia proviene del poder de la sugestión.


La película de 1971 y la novela del mismo nombre de Anthony Burgess de 1962 se centran en Alex y su pandilla de "droogs", cuatro jóvenes que llenan las noches largas y oscuras de un futuro distópico no muy lejano con ultraviolencia. Cuando Alex es atrapado, se convierte en el conejillo de indias del estado para "La técnica de Ludovico"; un tratamiento experimental en el que los delincuentes reciben una droga para inducir enfermedades por el mero pensamiento de sexo o violencia, se convierte en la naranja mecánica: orgánica por fuera, mecánica internamente.


Rara vez hay películas que logran desenfocar con éxito las líneas entre los géneros y, al mismo tiempo, crea las imágenes más inquietantes de la industria cinematográfica. Sin embargo, la película es mucho más que una simple exhibición de travesuras frenéticas. Más bien, es una montaña rusa estridente de elegante anarquía, intriga intelectual y psicodelia para la que nadie esta preparado. Kubrick se las arregla para ser violentamente profano sin dejar de ser intelectualmente profundo en su elección de narración, creando mucho más que una simple adaptación de la novela de Anthony Burgess. A Clockwork Orange es como una pintura: cada trazo tiene un significado sustancial con respecto a la película.


Desde los uniformes icónicos de los droogs, el impresionante dramatismo de los sets brutalistas y la escalofriante banda sonora retro-futurista de Wendy Carlos, A Clockwork Orange pinta ingeniosamente un estado de ánimo opresivo en la mente de la audiencia. Al adoptar Nadsat (el lenguaje callejero de Burgess), te ves obligado a traducir y visualizar los oscuros impulsos y deseos de Alex. Las escenas de violación, asesinato y extrema violencia, aunque podrían parecer de primera mano sumamente explícitas es lo que Kubrick deja a la imaginación del espectador, lo que las vuelve más perturbadoras y discordantes. Al hacerlo, la película adopta una técnica Ludovico propia. Estás simultáneamente repelido e inmerso en la ultraviolencia. Compartes la creciente enfermedad y ansiedad de Alex por el horrores que se desarrolla, pero tu repulsión es más moral que física.


Si bien las películas de buscan imitar la realidad mostrarían violencia y vulgaridad por puro shock, aquí no se glorifica ni se romantiza. Crea un diagnóstico totalmente kubrickiano del desorden compartido cada vez más frecuente de la sociedad. Solo la bondad a través del libre albedrío puede prevalecer, y debe hacerlo. Depende de todos descubrirlo por sí mismos. Una lección que únicamente Stanley Kubrick, uno de los pocos directores a los que uno no debe avergonzarse de llamar artista, ejemplifica a la perfección en la obra maestra que es A Clockwork Orange.


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