8 de marzo: la trivialización de un dolor indecible



“AMLO y Sheinbaum felicitan a mujeres por su 'actitud responsable' durante marcha”.

"Decirle al pueblo de México que todo terminó en santa paz y de nuevo felicitar a las mujeres que participaron por su actitud responsable y combativa al mismo tiempo, pero se optó por la paz, no por la violencia"


El 8 de marzo de 2022 hace calor y las jacarandas inundan el pavimento y cubren los zapatos cansados y persistentes que combinan sus pasos con los cantos de lucha. Camino entre amigues, entre madres, entre desconocides que ese día son yo y yo soy elles y somos dolor. Detrás de nosotres camina un colectivo de madres que gritan cuántos días llevan sin ver a sus hijes gracias a la violencia institucional que les otorga custodia a padres violentos que buscan establecer poder frente a ellas. Escucho las cifras: 431, 382, 150. Me retumban en los oídos y en los ojos. A mi alrededor, embarrados en los monumentos, esparcidos en gritos de furia, en carteles, en cruces, nombres de mujeres desaparecidas y asesinadas. Canto y grito, pero cuando veo alguno de esos nombres, cuando escucho una de esas cifras, la voz se me escapa, me desinflo.


La marcha fue violenta, señor presidente, fue violenta porque el dolor es violento y la furia es violenta y más violenta que nada la impotencia. La violencia es interna y caliente, la violencia que hace crecer las jacarandas y que hace que el cuerpo no sienta el cansancio hasta que la marcha termina. La marcha SIEMPRE ES VIOLENTA porque existir como mujer o persona codificada como mujer en este país es violento. No se confunda: violentas somos y no marchamos para cumplir sus expectativas de una marcha pacífica cuando manda más policías para intimidarnos y asustarnos que para confrontar a los narcos en Sinaloa o a los hombres violentos del partido en Querétaro. Nuestra paz es por y para nosotres y nunca para ti. Nos protegemos porque, contrario a lo que las narrativas mediáticas quieren impulsar, la violencia siempre empieza de parte del Estado. Que no haya existido en tantos niveles este año, por lo menos en la CDMX, funcionó como comodín político para que pensemos que esta administración no nos violenta físicamente. Entonces violentan nuestra marcha simbólicamente escupiendo frases viles que la convierten en un carnaval político en vez de un espacio de duelo, de lucha, de protesta. Mientras tanto, los cantos siguen, las muertes suben, mis dedos se aprietan alrededor de los de mis amigues porque no sé qué hacer con tanto sentimiento que intentan reducir a tan poco. Duelo.


El 8 de marzo siempre es una cínica muestra de la capacidad que tiene la ciudad para otorgar seguridad. Seguridad para los bancos, seguridad para Bellas Artes: seguridad para los muros, seguridad para los estacionamientos. Seguridad para el Sanborns, para el Sears, para el restaurante promedio del centro. Seguridad para los policías que te chiflan y sabrosean desde sus carros, que avanzan un poquito más lento cuando vas en la calle, que te queman la espalda con sus ojos merodeadores. Y vaya que es seguridad: vallas de metros de altura soldadas entre ellas, calles enteras cerradas sin posibilidad de paso, todas y cada una de las superficies disponibles para pintar y rayar protegidas para poder quitarlas al día siguiente sin problema. Detrás de esas vallas, filas y más filas de policías, más barreras. Capas y capas de seguridad del más alto calibre para protegernos del peligro inminente del dolor y el reclamo. Y en el medio del meollo, el señorsísimo presidente con audífonos o tapones, con música fuerte o orejeras, con cualquier instrumento que le permita extinguir el más mínimo rezago del grito de una mujer que perdió a su mejor amiga porque nada va antes que la paz mental de nuestro líder y señor.


Claro que la marcha le pareció pacífica mi señor si usted no sintió su rostro deformarse en furia viendo los nombres de cada uno de los contingentes al darse cuenta de que cada año hay más en vez de haber menos, de que hay familiares que llevan años enteros marchando por sus seres querides y que han visto las valllas crecer y crecer en vez de derrumbarse, de que para esta ciudad y este país somos un espectáculo, o tal vez ni siquiera eso, un enfado que bloquea las calles cada año y hace su showsito y luego las paredes se limpian y los vidrios se pagan y tan tán, de que hay helicópteros pasando y reporteros ansiosos de grabar el dolor ajeno, mismos que se hacen a un lado cuando una mujer desaparece, de que toda esa violencia interna y esa unión sólo va a ser recordada con una felicitación infantilizada: ‘se portaron bien’. En otros estados la violencia hacia les protestantes estuvo más viva que nunca. Pero, como siempre, en este país sólo existe la CDMX.


No hay ni un gramo de ‘santa paz’ señor presidente, y puede promover su propaganda del abracito a la policía todo lo que quiera y puede impulsar su narrativa de buenas vibras y flores y colores todo lo que guste. No se nos va a olvidar la forma difuminada de las jacarandas entre ojos llorosos. No se nos va a olvidar el sentimiento de los vellos de los brazos erizándose cuando ves a los hombres a los costados de la marcha grabándote con una mueca de burla en sus rostros. No se nos va a olvidar que nos mandó a la marina. No se nos va a olvidar el gas, no se nos van a olvidar los rumores esparcidos para infundirnos miedo (y que fallaron, por cierto).


Y recuerde este canto de la marcha, uno de mis favoritos personalmente:

Somos malas, podemos ser peores.


Nos vemos el próximo año, o tal vez antes. El dolor no existe sólo un día, se extiende en espacios, en tiempos, en cuerpos. Y somos la unión que usted desearía inspirar.

Tome esto como garantía: a la próxima nos portaremos mucho peor.

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