GUILLERMO MARTINEZ DE ALVA C

Mexicano. Diseñador. Tatuador. Escritor.

La Costilla de Adán

Subí a toda prisa. Esperanzado, alcancé el último peldaño y afortunadamente frené a tiempo: otra zancada y serían poco más de trescientos metros los que recorrería mi cuerpo en caída libre antes de azotar contra el suelo de barro, manchándolo como una granada de vísceras y sangre. El sudor y los rayos de sol inundaban mis ojos. Recargué la espalda contra la pared y deslicé mis pies por el suelo, cayendo sentado en el descanso de las escaleras. Ahí solo cabíamos una monstera postrada en su jarrón y yo, postrado en mi sudor, en mi fatiga, en mi anhelo. Jadeaba. Las gotas de líquido salado llegaban hasta mis labios y salían disparadas contra el suelo. Mi cerebro punzaba, los pensamientos rebotaban y chocaban unos contra otros al compás al que yo subía y bajaba escalones. —Qué calor—. Estaba por tirar la toalla, mi cuerpo no soportaría subir otro nivel. Mi mente ya no entendía lo que es una monstera y lo que es un jarrón azul, como cuando la repetición excesiva de una palabra le arrebata todo el sentido. Si subía otra escalera y llegaba a otro acantilado de concreto no me lo perdonaría. No tiene caso someterme a esta locura —pensaba—.

Volví a escuchar su risa, seguida por un alegre silbido. Al otro lado del cubo de luz, en otro balcón idéntico, ella en cuclillas, acariciaba la hoja de un cerimán. Nuestras miradas se encontraron. Fingió sorpresa. Acomodó un mechón de cabello detrás de su oreja, mientras me saludaba con un movimiento coqueto abriendo y cerrando los dedos. Estaba intacta: sus pies parecían recién bañados (a diferencia de los míos, cubiertos de heridas llenas de tierra y costras formadas de sudor y sangre), en su rostro no había más que una sonrisa serena y pícara, una inocente mirada infantil. Un brusco reflejo la puso de pie. Ella sabía.

Me levanté de un salto, convencido de poder alcanzarla. Traicioné cuerpo y alma porque una fuerza más allá de la razón me prohibía dejarla ir. Corrí a toda prisa, pero ella sabía. Se adelantó. Después de haber recorrido más de dos mil escalones, entendía las leyes a las que la maraña de escalinatas obedecía: derecha sube, izquierda cruza. Tomé las de la izquierda y después derecha, pero una vez más, llegué al descanso donde ella me acechó. La escuché subir. Perseguí el eco de los pasos como sabueso. La misma escena que me atormentó durante horas —tal vez días— me recibía con los brazos abiertos al final de cada subida: Balcón sin barandal, costillas de adán, jarrón azul, sol. Quizá deliraba: la persecución comenzó al medio día, pero después de subir y subir y subir eternamente, el sol seguía estancado en su zenit. —Maldita ilusión, putas escaleras, ambición asesina—. Me quité la camisa, el sudor la dejó inservible. Descansé boca arriba y miré el cielo, los rayos de luz me cegaban. Las cuatro paredes de la torre tapizada con huellas y repletas de vanos enmarcaban al sol: sentía como su corona me bañaba. Un punto negro se asomó desde el piso de arriba: era ella. Dejó caer una pesada gota de saliva. Dulce saliva cristalina. Corrí. Subí.

Finalmente llegué a una azotea. No podría creerlo. Cientos de monsteras indicaban el camino hacia un oscuro vano sin puerta. Entré, —está helando aquí adentro— una oscuridad espesa reinaba en la galería y no alcanzaba a distinguir ni la punta de mi nariz. Al fondo había una tenue luz amarilla; más adelante, una leve cortina de luz y humo. Seguí cauteloso entre la oscuridad cuando mi cabeza estrelló contra el marco de concreto de otra entrada. La sangre escurría por mi cara, lo sabía por el sabor metálico y la húmeda herida en mi frente. Mareado, crucé la abertura. El siguiente cuarto olía a lavanda. Unas cuantas velas y un diminuto domo con vigas de madera dejaban ver agua en el suelo. Avancé y sentí el líquido en los pies, hidratando las yagas, curando los pasos. Noté que el fluido era negro y que el estanque era cada vez más profundo. El agobio se desvanecía junto con el dolor; esta fuente milagrosa calmaba mi mente y curaba mi cuerpo, sanando cada vez que me sumergía. Me sentía toroso y nadaba con fluidez. Eventualmente alcancé un borde. Salí del estanque y ahí estaba ella, desnuda y brillante sobre impecables mantas blancas, totalmente desnuda, intacta. Una mezcla de ira y voraz deseo se apoderaban de mí. Temblaba. No podía contenerme; me sentía pleno, completo, enorme. Dejaría mis respuestas a la suerte. Marioneta del azar.

Salté sobre ella, la besé,y la apreté contra mi cuerpo: mordidas, rasguños, taquicardia. Nuestra coreografía de nudos grecorromanos destruyó las sabanas; las rasgamos, las cubrimos de fluidos carnales, de lágrimas y de sangre: jugos de alma. Luchamos entre nosotros y por nosotros. Batalla exhaustiva. De pronto una luz blanca se apoderó de nuestros cuerpos desnudos, dejándonos vulnerables como dos roedores en un laboratorio. Cuando busqué resguardo en su mirada, estaba sólo en la habitación. El piso era totalmente blanco, varios reflectores me señalaban intensificando su energía. Perdí el conocimiento.

Desperté sobre la tierra, nuevamente vestido. A unos metros vi a una mujer salvaje, bella como sólo la naturaleza intacta puede llegar a ser bella —la tengo que seguir—. La mujer envuelta en piel bruna entró en una gigantesca torre de adobe anaranjado y la seguí. Y la seguiría hasta alcanzarla.

Lúcida

via: Ana Mijares

“I wonder why I don't go to bed and go to sleep. But then it would be tomorrow, so I decide that no matter how tired, no matter how incoherent I am, I can skip on hour more of sleep and live.”
― Sylvia Plath, The Unabridged Journals of Sylvia Plath

 

Una vez escuché sobre el motor de las decisiones que oscila entre el amor y el miedo. ¿Qué nos motiva entonces a dormir? ¿Amor o miedo?

 

La gente pasa durmiendo casi la mitad de la vida. Y si es así,  “la mitad de la vida”, ¿Cómo escoger cuál es la mitad buena, la que cuenta? La muerte como descanso eterno, la vida como descanso intermitente. El estar despierto pasa a segundo plano. Vigilia. La muerte, la gloria, el sueño como alma deslindada del cuerpo físico. Ritmo de vida al son del sol o ritmo del día al son de luna. Ni hablar de elegir tu mitad, la gente no se da el lujo. Yo me lo permití.

 

Daniela era un piropo. Piel blanca, cubierta de pecas, y de fino vello en invierno, tenía la carne de las manos bien pegada al hueso. Nudillos redondos: dedos largos. Pies pequeños, piernas y glúteos carnosos, pechos firmes, hombros orgullosos espolvoreados con canela. Cabello negro. Azabache. Voz ronca desde lo más hondo del tórax; sus labios, rosas y abultados, pintando de blanco las palabras negras. Siempre fueron pocas las voces, pero precisas; para mí fueron aún menos: las triviales, las educadas.

 

Ecuaciones diferenciales I, y el seminario de cálculo de formas —también— diferenciales. Tanta diferencia apuntaba a que esos créditos serían lo único que compartiríamos. Antes de reprocharme, debe tomarse en cuenta que hice todo lo que estaba en mis manos para tener un acercamiento casual y discreto. Supongo que por convicción matemática: ella se esmeraba en no repetir patrones. Lo hacía de manera virtuosa: actitudes y conductas indeterminables. Evitaba hacer preguntas en voz alta, asistencias y ausencias aleatorias. Su manera de existir, inocente pero abrumadora, me hacía una víctima de nervios infinitos, privándome de rigidez en las piernas y de fuerza para hablar; provocaba que cada poro de mi cuerpo sudara, llorara, gritara, sangrara. 

 

La última evaluación antes de los meses de descanso era crucial para mi situación escolar. Un intercambio era un escape tentador, y mi promedio era deficiente. Estudié los teoremas de Stokes, Gauss y también el de Green. Estaba listo, faltaba pulir con ejercicios y aseguraría una calificación suficiente. El examen cada vez más próximo. Una última noche en blanco podría ser buena idea.

            

A las tres de la mañana, los párpados pesaban, mis manos temblaban y la cabeza comenzaba a desvariar. La tinta bailaba y giraba sobre la hoja, como si los números estuvieran vivos. Desapareció la concentración: Daniela paseaba entre las ecuaciones, se colaba en los resultados y se escondía entre comprobaciones. Me senté en el sillón, me puse tan incómodo como me fue posible: amarré las agujetas de las botas lo más que pude, y me puse corbata. Descansaría un par de horas, no podía darme el lujo de quedarme dormido. El no dormir sería un obstáculo y el dormir de más sería la perdición. Dos horas: de cuatro a seis: suficiente.

            

Ella está sentada al fondo de la galería. 

 

De frente hay dos sillones de piel negra y patas de caoba, una mesa blanca de cerámica separa los asientos. El lugar es colosal. Las brillosas paredes blancas y el tono claro del piso de madera dan una sensación de grandeza a la biblioteca lista para ser habitada por el fantasma de Reyes o para ser la musa de la de Vasconcelos o la versión extendida de la de Babel. Grandes vanos dejan entrar las ramas de un ficus, bañadas de una extraña luz natural de tono muy frío, iluminando los libreros blancos de más de cuatro metros de altura. En esta biblioteca hay cientos de miles de libreros iguales que contienen volúmenes empastados en cuero verde. Con los ojos fijos en los de Daniela, cruzo desde la entrada hasta los sillones, donde está ella. El eco de mis pasos resuena por toda la nave, y camino bajo un domo que no había notado. Me saluda cálida, sujeta mi nuca, besa mi cara y acaricia mi hombro. Como si fuera un ritual que se celebra diario, le pregunto si lleva mucho tiempo esperándome. Esperándome a mi.

            —Hombre, ni te preocupes. Llegué hace menos de diez minutos. Preparé café, ¿quieres?

            

Estoy consciente de lo extraña que puede parecer mi seguridad, mi fluidez. Todo hace sentido: de conocerme, ella sería cálida; de tener el valor, me comportaría amistoso. Nos reuniríamos sin duda. 

           

 La contemplo. Sonreímos. Suspira. Doy un sorbo al café. Descansa el brazo en la cabecera del sillón y el perfil sobre el mismo brazo. Platicamos durante horas. Recuerdo a sus amigos, a su familia. Reímos, recapitulamos viajes y recuerdos, compartimos secretos, empalmamos ideales y estamos siempre de acuerdo en discernir.

            —Deberíamos de regresar. Ellos nos recibirán felices. Además, seguro encontramos un vuelo barato.

            —No, no. Aprovechamos y nos vamos en coche, podríamos pasar a California. La frontera es lo de menos.

            —Me encanta, voy organizándome con ellos. Tu alístate, que el examen es pronto.

            Pone su frente contra la mía, acaricio su cara y besa la punta de mi nariz.

          

 El reloj marcaba las diez de la mañana. Tres horas antes debí haber estado presentando el examen. No importó. Miraba el techo con la boca cubierta de baba seca, respiraba tranquilo, mis manos temblaban, mi aliento olía espantoso. No importó. Deshice el nudo de la corbata, me quité las botas y eché hacia atrás el respaldo del sillón con la palanca de madera. Las vanidades y deseos obedecen ciertas leyes, respetan jerarquías. Las olas de melatonina azotaban contra un acantilado de serotonina. ¿Cómo escoger cuál es la mitad buena, la que cuenta? Ni hablar de elegir tu mitad, la gente no se da el lujo. Yo me lo permití.

 

            —¿Cómo nos fue? ¿Qué tal estuvo?

            —No llegué, me quedé dormido.

            —¿Cómo? Estudiaste mucho. ¿Pues cuánto tiempo estuviste aquí?

            —Yo qué sé, Dani, ya habrá forma de ver qué pasa. Era un examen más, seguramente podré hacerlo después. No me quita el sueño. ¿Ya hiciste tu maleta?

            —Si, ya está lista. Pero…¿Y el intercambio?

            —No importó.

            Me sumerjo en el sueño, escojo mi mitad: la buena. Escojo a Daniela, escojo la biblioteca,  Chicago y California; escojo a Daniela. Opto por renunciar a los escrúpulos del día a día, que te prefiero a ti, nos prefiero a nosotros noche a noche, sueño a sueño. ¿Lo demás? Lo demás no importó.

Antibes 

Entre los vestigios del mastodonte gris, postrado desde los años setenta sobre la bahía de Acapulco, corroído e ignorado, había un balcón que se iluminaba de blanca fluorescencia. Ahí estaba él sentado.

           

Las luminarias blancas se embarraban en el espeso cuerpo de arena, el mar negro de la noche guerrerense, indeciso, devoraba y escupía la misma porción de orilla una y otra vez.

            

Desde el sexto piso del edificio deshabitado, pero no abandonado, dos sillas metálicas enmarcaban al barco taciturno. Enmarcaban celebraciones mudas a lo lejos, lagrimas que caen desde la borda, copas llenas que se vacían, ámpulas en pies descalzos, la rutina frenética del capitán.

            

Debajo del barco contrasta la pantalla blanca, nítida, inmóvil. El tintineo del punto de inserción es la prueba innegable de la vida enclaustrada dentro de la máquina, vida que espera a ser descubierta, a ser contada.

            

Pero él se resiste. Entre nubes de tabaco y contorciones torpes de los dedos, él se resiste a confesar la historia que sólo la máquina sabe que él conoce. Las estrellas se impacientan, amenazan con irse y no volver jamás. Una palabra es lo que piden. Él también sabe un secreto, sabe que al cabo de unas horas las luces trémulas se esconderán, cubrirán su desnudez con día y enviarán nubes a encubrirlas y esperarán las noticias del progreso de una obra jamás concebida. Víctimas de la curiosidad, regresarán la noche siguiente y la noche después de esa para encontrar el mismo parpadeo, el mismo hombre desafiante, al irreverente que las hace creer que él pretende contar una historia: al osado titiritero de cuerpos celestes, brujo que invoca astros: batuta que ordena.

 

Sin embargo, este mago no se conforma con ver asteriscos de platino y gotas de mercurio. Él quiere ver a Andrómeda a los ojos. Fisión nuclear. Exige esferas de gas que explotan a escala real, reventones de luz sobre el bello puerto. 

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