ALEXANDRA DE LA COLINA

Desde que empecé a escribir, encontré ahí un espacio de expresión íntima, en el que cualquier cosa que sentía o pensaba podía ser escrita. Escribir se ha convertido en una actividad casi catártica ya que, desde mi punto de vista, la palabra tiene un gran poder: cuando se dicen las cosas se vuelven reales y también, comenzamos a aceptarlas. En la obra que estoy entregando me gustaría hacer énfasis en el proceso que he recorrido, ya que son textos escritos en distintas etapas de mi vida. Así es cómo veo que la escritura y la literatura me han enseñado y ayudado a entender la vida y quizá, impulsar al mundo a algo mejor. Siempre he estado consciente de lo importante que es expresar lo que uno siente, ya sea un sentimiento positivo o negativo. Me gusta mucho ligarla con ciertas corrientes filosóficas y entender así, las maneras en las que se ha entendido la concepción del mundo. 

​Vértigo

Al pararte en un lugar alto, miras hacia abajo. Te mareas, te da miedo pero regresas la mirada. Todo se estabiliza de nuevo y te vuelves a sentir segura. Mantener la mirada clavada en el piso, te guste o no. Sientes cómo corre el vértigo en tus venas cada vez más fuerte e intenso. Incapaz de regresar la mirada, incapaz de deshacerte del miedo que provoca el vacío. Es eso lo que sientes, un vacío aterrador. Gritas y el eco retumba en las paredes de tu alma, sabes que estás sola, que por muy fuerte que sea el grito, nadie vendrá. Metida en esta realidad ensordecedora que te penetra, que hace daño, duele, lastima y cala hasta el hueso más duro. Intentas con todas tus fuerzas subir la vista para equilibrar todo. Pero es imposible, porque es justamente eso lo que ya no existe. El equilibrio de tu vida desapareció, se desvaneció y ni siquiera te diste cuenta. Como si de pronto un ventarrón llegara y desacomodara todo. Lo destruyera, mejor dicho. Entonces entra la nostalgia por el pasado, por los antiguos días, las antiguas costumbres. Me siguen dando nostalgia nuestros domingos por la tarde sabes. Entra ese sentimiento inevitable de melancolía y recorre tu alma, tu ser. Como si hubiera llegado para nunca irse. Como si su partida no estuviera en los planes del destino. De ese destino que decidió barajear las cartas, barrer tu vida, como lo hace la escoba con el polvo insignificante, sin que importe nada en lo absoluto. Así de fácil, así de cruel es esto que algunos llaman casualidad y otros destino. Dicen que lo importante es tu reacción ante los problemas, pero esto va más allá, esto no es un problema, esto es lo que hay, te guste o no. 

La Llegada

La llegada, todo a oscuras, toda luz de esperanza apagada. Todo perfectamente preparado para una noticia penetrante como el frio de la noche. Cambio de temperatura, lo sientes en la piel y en ti. Un presentimiento, algo que dentro de ti se acciona. La respiración se acelera al igual que los latidos. Latidos que inundan la sangre de angustia, de incertidumbre. La voz temblando, la noticia te es revelada y después nada. El mundo se cae, tus manos se unen al temblor de tu pecho, tu vida se desvanece tan rápido que no te das ni cuenta. Todo a tu alrededor se vuelve borroso, incongruente, frágil. Le das la bienvenida a ese sentimiento, el que te inunda, el que te saca de quicio. El que corre por tus venas a zancadas gigantescas, violentas. Te alejas de la gente. Esperas que el viento soplando sobre las lágrimas las seque, las regrese a su lugar, porque en silencio te preparas para que algo, cualquier cosa, te diga que es un sueño, que todo es mentira. La espera se vuelve larga, pesada, infinita. Es verdad, sí. Tu vida acaba de ser tajada por la mitad. ¿Palabras de aliento? No existen. El viento las alejó en vez de hacerlo con tus lágrimas. Te sientas. Respiras. Respiras miedo. Respiras pánico pensando lo peor. Tratas de mantener la calma, pero no puedes, no piensas, tienes la mente en blanco. Te abrazan, pero no sirve de nada. Estabas regresando a casa, los brazos que querías encontrar eran otros. Aquellos que están peleando por sobrevivir. Te levantas, golpeas con todas tus fuerzas. Te derrumbas, pierdes todo y te conviertes en miedo. “Tienes que ser fuerte”, palabras que no valen ni la mitad de lo que sientes perdido. Palabras insignificantes. Fracturada por la impotencia que sientes, acorralada en el pasillo estúpidamente eterno. Miras al suelo y al cielo, ruegas y gritas y lo poco que queda se incendia. Todo está destruido, no queda nada. Estás sola a orillas del abismo. Desesperada con miedo, regresas los días te acuerdas de la última mirada, del último abrazo; deseas con todas tus fuerzas que no lo sean. Estás hecha pedazos, polvo, completamente destrozada. Te falta el aire, pero te asfixias con el tuyo. Tiemblas y los recuerdos llegan, te apuñalan una, dos, tres veces, cada una más fuerte. El dolor se vuelve insoportablemente cruel, ruidoso, patético. Gritas, pero nadie oye tu voz. Lloras, pero nadie cura el dolor como lo hace él. Sigue ahí, ahí está, aferrándose a la vida mientras tú ofreces la tuya. Está contigo, está luchando para seguir, está peleando para vivir…

Todo lo que es, algún día dejará de ser. ¿O no? 

Lo que nunca fue, nunca será ¿O sí? 

O quizá, lo que nunca fue, nunca dejará de ser. 

Aunque no haya sido, siempre es. 

¿ser o estar?

Pero, si todo lo que empieza termina 

¿Qué pasa con aquello que no empezó pero fue?

Aunque nunca del todo.

                                                

                                                                                                                                      

Y es que la vida pasa y las cosas cambian. La vida viene así como la gente. El café se enfría en una competencia en la que el reloj es tu rival. Tu cómplice a veces. Te roza el aire frío y te hiela con lo que pudo ser. Cierto dolor se abre a flor de piel, como el rayito de sol que se le escapa a la cortina. Como se abre el alma frente al que te inspira. ¿Por qué hay vacíos que nunca se logran llenar? ¿Por qué para empezar, se creó ese vacío? A veces utilizas a la memoria en su forma de navaja y te atraviesa el alma con lo que fue tuyo. A veces la utilizas en su forma de curandera, para atravesarte de la risa y recordarte que has tenido días mejores. 

Abre la cortina, deja que la vida llegue y que la gente se vaya. Después de todo, quien está a tu lado lo estará, aunque la vida llegue.

                                                                                                                                      

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